Escritores Aficionados #242: Adicción Asesina, de Laura Marcela De la Ossa Pérez

Título del escrito: Adicción Asesina
Tipo de escrito: Cuento
Nombre: Laura Marcela De la Ossa Pérez
Edad: 16 años
Nacionalidad: Colombiana

Adiccion Asesina

 

ADICCIÓN ASESINA

Allí estaba él, clavándole el puñal a su profesor. Era su primera vez. El líquido viscoso que brotaba de ese cuerpo arropó, prontamente, aquel blanco y limpio piso. Entonces, introdujo sus manos en esa laguna fresca y fría. De inmediato, su estado de ánimo cambió. No había remordimiento y desde ese momento, experimentó el deseo de habitar con ese aroma y gozar de su placentero contacto en sus manos. Y así inició su loca aventura. Era conocido como el sicópata rojo. Él era feliz con su amada adicción. Casi todos los días se encontraba con ella, sin dejar ningún rastro del encuentro.

Un día, llegó a él aquel sentimiento que volvió sumiso  su corazón. Era una mañana radiante, cuando la conoció.  La vio de lejos por los pasillos de la Universidad, llevaba un lindo vestido rojo,  lucía una sonrisa de caramelo hechizante y una profunda mirada muy parecida al infinito mar. Días después por fin logró hablarle. Sí, se enamoró de ella y eso cambió su vida sorpresivamente, hasta el punto de casarse y tener una hija. Ellas habían logrado llenarlo todo en él.

Pero, de nuevo, emergió de sus entrañas ese maldito monstruo que lo llevaba a la ciega irracionalidad. Una noche cuando regresaba a casa fue atacado por un hombre que le amenazó con una pequeña arma blanca. Él, ágilmente se la quitó clavándosela en su pecho, lentamente se asomó la fresca y brillante sustancia sublime. Arrodillado, delante de su víctima, contempló maravillado el rojo carmesí, y descubrió que aún no había olvidado su intensa belleza.

Esa noche volvió a casa con un gozo inexplicable. Su esposa aún estaba despierta, esperándolo, entonces le reclamó por su llegada tarde. Discutieron fuertemente, en un impulso le pegó y ella cayó al suelo. De pronto, su cabeza estaba  rodeada de esa sustancia viscosa, llevándole a  perder el control, una vez más. Ahora, era Alicce. La contempló un rato: su color, su aroma y bañó sus manos. Luego, con la alfombra  envolvió el cuerpo de ella y se dirigió a las afueras de la cuidad.

Al día siguiente, al despertar creyó que todo aquello había sido un sueño, entonces pasó su brazo por el lado de la cama que ocupaba Alicia, y si, ella no estaba. Se levantó y corrió hacia la sala, evidentemente la había aniquilado. Aún quedaban huellas en el suelo, en los muebles, se apresuró y limpió todo. De regreso a su habitaciónlloró desconsoladamente y un grito desgarrador se escuchó:

-¡Maldición, maldición!, ahora si reconozco que soy un asesino.

Entonces, recordó que Mariana, su hija estaba durmiendo y subió a la habitación. Ella le preguntó por qué no había ido a despertarla su mamá. Esto le partió el corazón en mil pedazos, latiéndole  fuertemente… corría el sudor por su cuerpo. Él le dijo que su madre  había viajado inesperadamente por asuntos de trabajo.

En aquel instante, comprendió que no podía continuar…todo había perdido sentido… estaba arruinando su existencia, había acabado con la vida de Alicce y lo que menos quería era que Mariana corriera la misma suerte. Pero ¿Cómo acabar con esa maldita adicción? ¿Será estar encerrado  para evitar la tentación? Se preguntaba.

Aquella noche, Mariana se dirigió a la habitación de su padre, lo abrazó, diciéndole a la vez que lo amaba muchísimo y  pasara lo que pasara nunca lo iba a dejar de hacer y que siempre iba a estar a su lado. Llevó a la niña a su habitación la acostó y se quedó con ella hasta que se durmió.

 Y esa misma noche tuvo un maldito sueño. En el sueño vio a muchas de sus víctimas  y  como corría esa sustancia… era feliz, con su adicción, solo él y ella, esa sustancia  que lo sumergía en la desesperación; pero no podía. -¡Noooooooo, tengo que controlarme!- gritó fuertemente  que despertó a Mariana, quien corrió a la habitación, preguntándole  qué le pasaba y él le respondió que no podía abrirle, que se fuera; Mariana lloraba desconsoladamente; pero no, él no podía abrirle, pues estaba incontrolable, esa sustancia había tomado su mente nuevamente.- maldita sensación, necesito esa sustancia, la necesito- gritaba él. Y más gritaba y lloraba la niña que decidió abrirle. Sus ojos estaban empapados de lágrimas, se veía muy angustiada, pero aun así  de sus labios brotó una tierna sonrisa y lo abrazó, y mirándolo  fijamente a los ojos le dijo  que lo amaba, que no estuviera triste, y que siempre lo iba a acompañar.

Mariana, era su pequeña, la única razón de su existir y lo único que su adicción hasta ahora no le había podido quitar. De pronto, soltó a Mariana y la empujó un poco lejos de él, diciéndole: -¡vete hija!…¡vete por favor!. Ella no comprendía, y sin más dijo: -Iré a la cocina por un vaso de agua, ¡cálmate papá!. Mariana bajó, y  a los pocos minutos gritó: -¡papá, ven! Cuando él llegó a la cocina vio a Mariana que se había cortado… y allí estaba su adicción frente a él, en las manos de su hija, se las tocó y fue allí donde pudo sentir de nuevo ese placer. Y la irracionalidad volvió a él, tomó un cuchillo. La pequeña le dijo con un hilo de voz muy delicado: que no estuviera triste, que lo aceptaba todo. Al oír estas palabras reaccionó y fue consciente  que se estaba dejando llevar por el monstruo que lo llevaba a la irracionalidad, levantó el cuchillo de su cuerpo y  rápidamente tomó el celular y de inmediato llamó a una ambulancia. Luego, alzó a Mariana en sus brazos y  esa mirada, si esa mirada profunda y hechizante,  con una voz apagada trató de decirle que lo amaba, no había terminado, cuando cerró los ojos. Llegó la ambulancia y se la llevó; al tiempo, también la policía, a quien le gritaba una y otra vez -la maté, la maté, sí, fui yo.

Esta es la historia de Fernando. Han pasado los años y él se encuentra aquí encerrado, prácticamente inconsciente de quién es él. Acaba de despertar luego del calmante de hace siete horas.

Nuevamente, lo mismo, grita:

-Maldito sueño, maldito sueño… mi hija está muerta, yo la maté…

Dirigiéndose a mí me repite la misma pregunta. ¿Quién eres? Cada vez que entras a mi habitación me martirizas el almacon tu mirada que me recuerda algo.

-¿Qué te pasa Fernando? ¿Otra vez la crisis?- le pregunté.

En aquel momento, se dirige a un  rincón, ocultando el rostro con sus manos y llora amargamente. Entonces, decidida saqué una foto de mi bolso y se la mostré, diciéndole: esta era yo cuando pequeña. Atónito quedó. Y cuando tuvo aliento me preguntó: -¿Eres tú? ¿Mi pequeña?

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      • Laura De la Ossa 27/06/2014

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