Escritores Aficionados #202: Adúlteros, de Fisquero

Título: Adúlteros
Tipo: Relato
Pseudónimo: Fisquero
Edad: 64 años
Nacionalidad: Española

  Adúlteros

-¿Antonio…? ¿Eres tú, Antonio…? ¡Amigo, tienes que hablar con Ana, estoy desesperado… a mi no quiere escucharme…!

La voz sonaba ansiosa, entrecortada y vacilante.

Al otro lado del hilo telefónico, una voz intentaba apaciguar con buenos concejos el desasosiego  latente en su interlocutor

-Escúchame Juan, tienes que tranquilizarte, debes comprender la reacción de tu ex mujer, después de lo mal que te comportaste con ella; recuerda que fuiste tú quien provocó está situación en la que ahora te encuentras.

Juan sintió como los recuerdos se agolpaban en su mente al rememorar todo lo acaecido en los últimos nueve años de su vida. Vio con diáfana claridad el rostro pleno de ilusión e ingenuidad juvenil de Ana, aquella tarde  en la que fueron presentados en la celebración del cumpleaños de aquel amigo común que era Antonio. Recordó en una mezcla de gozo y dolor, como por un auténtico flechazo de amor, quedaron prendados el uno del otro, y como a partir de ese momento el astro Sol no salía para ellos dos, hasta el instante mismo del día  en que ambos se encontraban y se fundían en un apasionado abrazo; la felicidad consistía para ellos  en cogerse de la mano y mirándose a los ojos susurrarse dulcemente tiernas palabras de amor.

A la memoria de Juan llegaron las muchas privaciones, sacrificios y esfuerzos que tanto él como Ana tuvieron que realizar para conseguir los ahorros suficientes que les permitiese la entrada para  acceder a un pequeño pisito en el extrarradio de la ciudad, tras firmar unos papeles con los cuales hipotecaban sus vidas a perpetuidad, pudiendo así realizar el sueño que tanto anhelaban, que era el de comenzar a vivir una vida en común…

Pasaron ocho  años, durante los mismos vivieron momentos felices, tuvieron tres hijos,  y Juan  inició un pequeño negocio que poco a poco fue creciendo, a la par que su amor y pasión por Ana fue enfriándose y disminuyendo.

Mientras Ana criaba y cuidaba de su hijos, ejerciendo y cumpliendo con su rol de ama de casa y madre, Juan se labraba un porvenir levantando un prospera empresa y convirtiéndose en un hombre de negocios importante y respetado, lo cual le implicaba viajar a menudo, y en bastantes ocasiones dormir fuera del hogar conyugal.

Se sucedían un día sí, y otro también, las reuniones y entrevistas con clientes, las cuales concluían al llegar la noche acompañándoles a algún “pub” o “night club” de dudosa reputación, en los cuales los clientes terminaban entre los tiernos brazos de alguna dama de la noche, y Juan remataba el negocio mezclándolo con el placer, cayendo también en los brazos de alguna de las señoritas de lujo que frecuentan aquellos tugurios.

Fue en uno de estos compromisos de negocios, cuando conoció a Tatyana, una bailarina de barra y estriptis, unos años más joven que él; esta muchacha procedente del país del frío, paradójicamente poseía un don especial para enardecer a aquellos  clientes que sentados en las mesas del “night club” -de las cuales surgían serpenteantes volutas de humo de sus cigarrillos y puros, y corría alegremente el whisky y la ginebra-, contemplaban encandilados su danza erótico-sensual, la cual ejecutaba con especial magnetismo al ritmo cadencioso y electrizante de un Blues excitante y provocativo, en el transcurso del cual conseguía elevar al éxtasis  a  los espectadores, al ir desprendiéndose de unos tupidos y vaporosos velos con los que cubría su escultural cuerpo, hasta dejar caer la última de las gasas, dejando al descubierto toda su exuberante anatomía, así como sus más ocultos y deseados encantos de mujer, momento éste que coincidía con las contorsiones finales en las que la bailarina simulaba alcanzar la culminación del clímax abrazándose a la barra, lo cual hacía derretirse en sus asientos a los clientes del local.

A Juan no le fue difícil acceder a los favores sexuales de Tatyana, y éste al beber del dulce maná que le ofrecía aquella  – a sus ojos- diosa del Olimpo, quedo hechizado y locamente enamorada, cayendo seducido por las habilidades y artimañas de aquella profesional del sexo y el amor.

Al principio los encuentros se limitaron a un par de veces al mes, más tarde Juan se las ingenió para todas la semanas tener que atender a algún cliente, que le obligaba a faltar en el hogar para atender a sus negocios… Los cuales consistían en tener tórridos encuentros con Tatyana, la bailarina, la cual fue poco a poco absorbiéndole el sexo, el seso y la hacienda.

Dado el cambio que en el carácter de Juan se produjo a partir de entonces, y lo repetitivo de sus ausencias, Ana acabó por sospechar, y tras contratar a un detective privado, descubrió la infidelidad de su marido, al cual demando  por adulterio con las pruebas aportadas por el detective, dejándole en la calle sin un solo euro del patrimonio familiar, más con la obligación de pasar una suculenta cantidad mensual para la manutención de los tres niños, hasta su mayoría de edad. Añadido a todo ello el hecho de que Ana, por motivos relacionados con evitar al fisco, aparecía como propietaria en todos los documentos del emporio comercial, que durante todos aquellos años había crecido hasta convertirse en líder en su sector.

Juan acepto lo que la ley dictó, dándose por satisfecho al verse libre de su matrimonio, y así poder dedicarse en cuerpo y alma  a  Tatyana, su pasional y lujurioso amor

El arrebato y el deseo cegaron a Juan, el pobre diablo no contaba con que el amor que la bailarina sentía por la vida de  lujo  que él le había proporcionado hasta ese momento -y que ahora habían quedado mermados, al pasar su fortuna  a ser controlada por su mujer-, era mucho más fuerte que aquél que sentía por su persona. Así, a las dos semanas de obtener Juan el divorcio, encontró una nota en el pisito que había regalado a su amante.

“Juan, juntos hemos pasado muy buenos ratos, pero ahora no puedes ofrecerme aquello que yo esperaba de ti. No intentes buscarme, hay un hombre en mi vida, él al menos me satisface plena y totalmente, cosa que lamento decirte, pero sinceramente tú nunca conseguiste.

Adiós.

P.D. No te molestes en dejar la llave, ya cambio yo la cerradura.”

La voz de Juan volvió a sonar suplicante a través del auricular.

-Antonio, amigo, tú nos presentaste, por favor, tienes que interceder por mí ante Ana, yo creí estar enamorado de aquella bailarina, ahora he comprendido que todo fue un error, pero Ana no atiende a razones. ¡Tienes que ayudarme a convencerla, tú eres hombre y sabes comprender que esto son cosas que pasan!

Al otro lado de la línea, la voz pareció titubear.

-…Escúchame Juan…, No sé como decírtelo… Verás, durante mucho tiempo tuviste abandonada a Ana, una mujer como ella necesita cariño, necesita sentirse amada y que la mimen… Cuando tú disfrutabas de las mieles de tu aventura con la bailarina, Ana también conoció a alguien que le dio todo aquello que tú le negaste… En fin, que ése alguien… fui yo. Te comunico que nos casamos dentro de quince días… Lo siento amigo, pero ya sabes el dicho, “estas cosas pasan, y donde las dan las toman”.

El teléfono fue colgado  estrepitosamente al otro lado.

Aquella noche la brigada de homicidios tuvo mucho trabajo. Primero hubieron de acudir a una llamada urgente del Odessa club, un club nocturno de pésima reputación, allí hallaron dos cadáveres, uno de ellos era el portero del club, presentaba dos orificios  en la frente, producidos probablemente por una Magnum calibre 357. El otro cadáver era el de una bailarina de los países del Este, ésta presentaba un orificio en el pecho a la altura del corazón. Algunos de los que trabajaban  en el local confirmaron que a ambos, el portero y la bailarina estaban unidos por una relación sentimental desde hacía muchos años. Del presunto autor de los homicidios afirmaron los que fueron testigos, que se trataba de un hombre de unos treinta años, cuya mirada extraviada indicaba claramente que estaba enajenado. La segunda llamada recibida en el departamento de homicidios fue para avisar de que  a la altura del puente del Milenio, un hombre de unos treinta años de edad se había suicidado descargándose un disparo en la sien con un revólver Magnum.

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