Escritores Aficionados #8: Amor en Guerra, de Kevin Viera

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Titulo del escrito: Amor en Guerra
Tipo de escrito: Novela corta, accion y romance.
Nombre: Kevin Viera
Edad: 16
Nacionalidad: Colombiano

Soy Frederick Bauer tengo el cabello castaño corto, tez clara y ojos verdes con toques marrones. Nací en Múnich – Alemania en 1914, en una familia sin buenos recursos económicos. Mi padre era carpintero y mi madre cuidaba el hogar haciendo sus respectivas funciones.

  Conocí a una chica de origen judío, mientras jugaba en frente de la escuela; Sara Abzac, ese era su nombre, una chica de cabello negro con unos ojos azules claros que hacia brillar un tenue color marino en su piel trigueña. Compartíamos la misma edad de diez años. Ella vivió en Múnich en un pequeño barrio judío a causa de que su tío había conseguido trabajo en la ciudad como zapatero. Sus padres habían muerto cuando tenia apenas un año de edad por razones que ella desconocía por completo y sus abuelos que vivían en Dortmund, no tenían recursos suficientes para mantener a su nieta.

  Una noche fría de septiembre en 1924, mi madre y yo fuimos a visitar a los tíos de Sara, en ese momento paso un grupo de delincuentes anti-judíos asesinando a toda persona que estuviera en aquel barrio. Confundieron a mi mama y la asesinaron junto con los tíos de Sara frente a mis ojos.

  A causa de esto, Sara no tenia quien cuidara de ella y se vio obligada a vivir en Dortmund con sus abuelos.

Pasaron varios años y yo no sabia absolutamente nada de ella.

  En 1933, cuando tenia 19 años, se vio en Alemania una nuevo partido, llamado Partido Nacional-socialista Obrero Alemán, conocido como Partido Nazi que daba origen, principalmente, a una exterminación de la raza judía. Debido a esto fui reclutado para hacer parte de las tropas Nazistas.

  Como principio, nos enseñaban a asesinar personas, aunque fuera en contra de mi voluntad. No podía matar a nadie. Los ojos de las personas justo antes de morir, es la que  me causa conmoción, no podía soportar tales miradas llenas de expresiones de miedo y desesperación suplicando por sus vidas.

           –   ¿Que tienes? ¿miedo? – gritaban, mientras me observaban apuntando con un arma a un judío directo a la cabeza.

  • ¡Dispárale! –  Me vociferaban con cierto disgusto mezclado con burla.

  Mientras temblaba de miedo y presión, llego, Justo en ese momento  Richard Müller, Líder subalterno de unidad de asalto (Untersturmführer).

  • Es difícil. Deja que otro lo haga – Le ordeno a uno de los asistentes del             Ministro de Armamentos.

El Líder Richard Müller era una de las pocas personas buenas en medio de un estado tan infame en el que Alemania se encontraba. El, me ayudaba en otros problemas que tenia en practicas para aniquilar personas inocentes.

El líder del pelotón (Hauptscharführer)  en que yo me encontraba, había anunciado una misión, directamente del otro Líder subalterno de unidad de asalto El cometido esta vez, era buscar algunos judíos en barrios muy escondidos en la ciudad de Múnich para llevarlos cautivos a los campos de concentración para trabajos forzosos. O eso era lo que nos decían.

Una tarde nublada, mirábamos hacia todas direcciones mientras caminábamos en medio ruinas del barrio al que habíamos sido asignados para llevar a cabo la tarea. Escuchábamos los pequeños estallidos que emiten las brazas de fuego al calentar cierta cantidad de madera y los roces de nuestros pies con las piedrecillas del suelo. En un momento inesperado salió en medio de las ruinas, una banda de judíos armados que iban a atacarnos. Uno de ellos disparo en uno de los soldados de la tropa mientras este caía al suelo.

Yo había quedado sorprendido por como uno de mis compañeros estaba en sus últimos momentos agonizando. Todo pasaba muy lento para mi, mientras que los otros atacaban a los judíos. Yo entré en un pequeño callejón mientras arrastraba al que había sido herido para intentar salvarle la vida. Fije mi mirada por detrás para asegurarme que nadie viniera, cuando de repente me encontré con una chica aparentemente judía de unos ocho años con sus ojos colmado de lagrimas.

       – ¿Estas bien? – Le pregunté.

            – Ayúdame, me duele. – Me decía mientras señalaba con su mano derecha a su estomago.

 Repentinamente escuche un disparo detrás de mi, que confundía mis pensamientos que preguntaban si me habían disparado a mi o a la chica. En cuestión de segundos fije mi mirada en la joven que se desplomaba con un salpicado de sangre proveniente de su espalda.

            – No hay que dejar ni a un alma viva. – Exclamo una voz gruesa que pude reconocer por ser un Teniente del escuadrón que nos acompañaba.

Me cuestionaba a mi mismo – ¿Por qué? –  Pasmado delante de la situación que acababa de pasar. Llevamos cautivos a veintiocho judíos, diez fueron asesinados. Nuestro pelotón solo tuvo una baja y 3 heridos.

  En 1940, llego a mi presencia una carta de una pequeña reunión que se iba a llevar a cabo el día siguiente en el cual, curiosamente, yo había sido invitado. Ese mensaje no pude sacarlo de mis pensamientos cuestionándome que podría pasarme.

  Al fin, llego tan esperado día, me levante temprano como de costumbre aunque no había podido conciliar el sueño. Me dirigí hacia el lugar en donde se me había hecho llamar y al abrir la puerta, vi a siete Nazis en los que habían dos Capitanes, tres Tenientes y  dos Líderes subalterno de unidades de asalto, en donde se encontraba Richard Müller.

  Por un pequeño momento pensé podía tener problemas, pero cuando vi el rostro de Müller, por alguna extraña razón, sentí que todo iba a estar bien.

Aquel personaje me brindaba un aire de confianza y de seguridad.

– Soldado Bauer, buenos días. – habló uno de los capitanes que desconocía por completo.  – La reunión por la cual usted ha sido llamado es para informarle que ha recibido un ascenso a Líder de pelotón (Hauptscharführer), de el escuadrón en el que usted se encuentra, ya que hemos examinado su comportamiento y buenas criticas por parte de varios superiores. – exclamó – Felicidades.

Quede completamente desconcertado.

-Muchas gracias – Fue lo único que pude decir mientras pasaba dando mi mano a los superiores que se presenciaban en aquel recinto.

  Todo iba a ser mas fácil, no me vería mas presionado por la obligación de asesinar a un judío. Una de las autorizaciones que obtenía era poder ir a los campos de concentración, mas que una autoridad, era mi obligación ir, de vez en cuando a vigilarlos. Salí con una sensación de autoridad superior y a la misma vez un tanto de felicidad.

  En 1941 a la edad de 27 años, recibí ordenes de mis superiores para enviar a mi tropa a vigilar un campo de concentración de mujeres. Era mi deber hacerlo, así que acepte sin tener otra opción.

  El campo de concentración emitía un aire frio, depresivo y humillante. Era una tortura completa, estar encerrado en mallas de alambres con alguna que otra red eléctrica que impedía a toda costa el paso de los presos para la liberación.

  Nuestro deber consistía en vigilar a las mujeres que trabajaran adecuadamente. Nos turnábamos cada 3 horas por cada grupo de mi escuadrón que en total era 5 agrupaciones. Yo como Líder de pelotón vigilaba, también, la función de cada conjunto.

  Camine por el lado este del campo, arrastrando prácticamente mis pies a causa del profundo barro con botas que me llegaban hasta la rodilla. Tan solo caminar era un trabajo muy arduo mientras reflexionaba sobre el gran esfuerzo que hacían las mujeres al trabajar y pasar toneladas de metal de un lado a otro, sin buena alimentación, cansadas, y desgastadas. Era extraordinario la tarea que se le asignaban a las mujeres embarazadas, que al final, todas tenían un mismo destino.

  Observaba, especialmente una mujer que me era un poco familiar, por el color de pelo negro brillante. Solo tenia curiosidad, así  que apresure mis pasos para posicionarme en el lado norte que era en la posición en donde ella tenia su mirada. Vi parte de su rostro casi de perfil en donde el semblante trigueño de su rostro hacia que latiera mi corazón un poco mas fuerte y aligeraba mis pasos sobre el denso fango en medio de mis pies.

  Quede pasmado en el momento en que vi sus ojos azules, que, sin duda alguna, reconocía por completo ese ser que indudablemente era Sara Abzac. Mis lagrimas en los ojos hicieron irreconocible cada cosa en las que posaban mis ojos. Sabia que era imprudente gritar el nombre de una judía en cautiverio y sospecharían irrefutablemente de cierta amistad entre un Alemán y una Judía. Así que solo me acerque a donde ella estaba.

           -Sara, Sara – Murmure – ¿Me reconoces?, soy yo Frederick, Frederick Bauer.

Ella instantáneamente dirigió sus ojos azules hacia mi.

            – ¿Frederick?… ¡Frederick! –  exclamaba sorprendida abriendo sus ojos que   daban luz a su iris azul – ¿Que haces aquí? – preguntó – ¡Tienes que ayudarme!

            – Soy uno de los lideres Alemanes – Lo expresaba sin orgullo. – Tengo que sacarte de aquí. – afirmé – Tengo autorización para vigilar esta zona por un mes, vendré cada noche y veré que puedo hacer –

           – Esta bien- respondió.

            – No nos pueden ver hablando, nos vemos esta noche. – dije, mientras abandonaba el lugar.

Simplemente no podía creerlo, había encontrado en cautiverio a mi mejor amiga de la infancia. De cualquier forma, tenia que sacarla de allí.

Al llegar esa misma noche, dije a uno de mis subordinados que tenia que ir a hablar para misiones futuras con uno de los superiores. Así  que le ordene que se mantuviera en el lugar mientras cumplía mi labor y que buscara una agenda con algún tipo de lápiz para unas cosas personales.

Tenia pensado escribir todo lo que pasaba desde el momento en que fui reclutado para servir en el partido Nazi.

Eran diez minutos hacia los campos de concentración. Al llegar, se encontraba Sara justo en el mismo lugar de la mañana.

 – Tenemos que disimular un poco, hay en estos momentos 3 capitanes rondando por estos lugares – dije – He pensado todo el día en como poder sacarte.-

– ¿que puedo hacer yo? – me pregunto.

– Solo, cuando tengas la oportunidad, retira el barro por debajo de las mallas, ya que no tienen mucha profundidad; el día en que tengas un holló como para que tu cuerpo quepa, te camuflare como si fueras uno de mi batallón – murmuré.

  El lugar exterior en donde se encontraba el campo de concentración de mujeres, tenia un terreno suficientemente grande para aproximadamente mil mujeres. En cada esquina del lugar se encontraba una torre con lámparas de alta potencia y de cinco guardas nazis. En total eran cuatro torres con veinte vigilantes, que se reconocían por números (torre uno, torre dos, torre tres y torre cuatro) Una sola puerta un poco grande se encontraba entre la torre tres y cuatro por el lado sur.

  Aparentemente la seguridad no era muy fuerte, ya que pensaban que unos judíos desnutridos no podrían revelarse y con menos probabilidad estando encerrados en alambres eléctricos.

  Pasaron dos semanas y me di cuenta que el holló estaba listo cubierto de pocos tablones que se le daban a los judíos para acostarse. Pasaba simulando que vigilaba entre la torre uno y dos por el lado norte ya que era un espacio muy reservado y no habían mas que los vigilantes. Era hora de almuerzo y todas las mujeres estaban por la entrada del campo de concentración por el lado sur. Esto hacia que el lado norte estuviera temporalmente solitario.

  Tenia en medio de mi ropa, un traje de uniforme de mi escuadrón  y un pasamontañas para ocultar la cara de Sara, me acerque en donde se hallaba el hueco y disimuladamente puse el traje allí. Ahora lo que hacia falta era que llegara la media noche y ella me estaría esperando con el traje dentro de ese pequeño pozo.

  Regrese a mi dormitorio, saque debajo de mi cama, la agenda que tenia hace unos días y escribí lo que ocurría. El sol se ocultó en el oeste, era la hora en donde cada escuadrón se encontraba en sus dormitorios y encendían los focos de luz vigilando la zona del campo de concentración. Recordé por un momento algo que me dijo un Teniente que me puso los pelos de punta.

       « – No vallas a cometer algo estúpido. No querrás encontrarte en el mismo estado en el que ellos están » – exclamo apuntando con su dedo índice hacia un campo de concentración.

De una forma u otra, alguien había sospechado algo. Solo pensé  que tenia que ser muy precavido la próxima vez, o bueno, la ultima vez, ya que esa era la noche final para mi.

   Rescataba a Sara de los campos de concentración mientras los otros cautivos dormirían, me escabullía por una de las trincheras viejas que rodeaban las cuatro torres y salía por la única puerta que dirigía hacia el pequeño pueblo en donde se estacionaba el territorio Nazi de la ciudad. Al atravesar la puerta ya podía caminar tranquilamente porque Sara tendría el uniforme asignado para mi escuadrón. Al salir de todo el territorio, no tendría que pasar reportes porque yo tenia plena autorización.

  Me encontraba caminando bajo la luna colgada en una noche de estrellas. La miraba y sentía una gran sensación de profunda tranquilidad que hacia desaparecer toda la calamidad, que, aunque no pareciera, me poseía. Miraba a mi alrededor mientras pensaba si el plan de escape iba a salir exitoso. ¿podría morir? ¿nos descubrirían? ¿todo saldría bien? Sea cual sea la respuesta, era la ultima noche para mi.

   Llegue al campo de concentración mientras miraba las altas torres para aprovechar cualquier descuido que se presentara. Llegue al lugar previsto y encontré justamente a Sara con su atuendo que le indique. Espere a que las torres uno y dos tuvieran algún fallo de atención que diera la única oportunidad para salir de ahí.

   Entre simulando tener turno para supervisar los campos. Pase al lado del hoyo pero aun así veía que la distracción era nula en los guardas y seguían mis pasos con sus miradas sospechosas, cuando de repente, se escucho un gran estruendo que era idéntico al sonido que emitía una granada; de inmediato mire a los guardas que estaban observando el sucedido y me tomo dos segundos en darme cuenta de la oportunidad que no podía desaprovechar. Me devolví deprisa hacia el hoyo y tome apresurado de la muñeca de Sara corriendo hacia la puerta, me había olvidado por completo de las trincheras en donde según lo planeado, por ahí, era donde escaparíamos. Aun así no había tiempo que perder, solo corrí directo al pórtico.

    Sonaron las alarmas de emergencia de la zona y varios escuadrones salieron precavidos por lo que podría pasar. Dirigí  mi mirada hacia una esquina de las cuadras y encontré allí  al Capitán Richard Müller que me indicaba apresurado que lo siguiera, entendí por completo, que de alguna forma el sabia de mi plan y me tendía su mano para ayudarme.

   Lo seguí hasta una casa prácticamente vieja que carecía de luz, apenas un tenue destello que al lugar se adaptaba un ambiente fantasmal. Me preguntaba que íbamos a hacer ahí adentro. Richard abrió una puerta color café grande que emitía sonidos que comprobaban la vejez de aquella casa.

Dentro de esta habitación se encontraba un cofre mas o menos grande que al abrirse me di cuenta que habían algunas armas. Tomó dos y nos la pasó.

             -Nos persiguen, usen esto en caso de emergencia ¡Vámonos! –  Habló mientras tomaba la suya y salía del portón grande.

    Subí por las escaleras junto con Sara y Richard directo a una ventilación estrecha, seguimos a Richard por unos largos diez minutos mientras se escuchaban algunos oficiales nazis gritando <<Suchen Verräter>> (busquen a los traidores). Era de suponerse que se referían a nosotros. Quedamos prácticamente aturdidos de las grandes explosiones inexplicadas que se escuchaban afuera.

   Vi una pequeña puerta al final de la ventilación. Todo, en esos momentos, era muy silencioso. La luz brillaba en el contorno de la cubierta. Sentí una gran emoción y a la misma vez ansiedad de descubrir lo que nos esperaba.

– ¡Llegamos! – Dijo Richard mientras su mano empujaba la cubierta estallando una gran luz en la ventilación.

    Tape mis ojos haciendo sombra con mis brazos, de tan oscuro lugar y recibir tan fuerte luz el pleno día era espantoso. Mientras mis ojos se acostumbraban al ambiente subí hacia la superficie ayudando a Sara a salir de la ventilación. Al recobrar mi vista pude diferencia un auto negro, sin cubierta que pude reconocer por uno de los mas caros de Alemania.

–   ¡Oh! ¿de quien es esto? – Le pregunte a Richard con sutil asombro.

–   ¡Ah! ¿esto? Se lo pedí prestado a mi gran intimo amigo Hitler, Adolf Hitler. – Me respondió con un tono burlón que me dio a entender que solo quería presumir un poco.

–  Súbanse ustedes dos, yo me adelantare, tengo una situación de mucho cuidado que debo cumplir. – Exclamó – diríjanse a la salida del territorio, a las puertas de Múnich, hacia el oeste. ¡Apresúrense! Escucho algunos motores cerca de acá.

No me dio tiempo de hablar, así que solo obedecí a lo que nos habían ordenado, subí al auto junto con Sara, puse mi mochila por debajo de mis pies y emprendí camino hacia la salida mientras observaba por los retrovisores cuando desaparecía Richard por uno de sus atajos bajo tierra que me sorprendían. Al cabo de unos diez minutos pude percibir dos autos negros, con una forma cuadrada de aspecto militar y el símbolo nazi en los lados.

            – ¡Acelera! ¡Acelera! – Me grito Sara con miedo en sus ojos – Tienen armas y están apuntando hacia nosotros.

 Sentí un miedo profundo, no por lo que me sucediera a mi, estaba atemorizado por lo que le pudiera pasar a Sara. En medio de algunos disparos  pude llegar, al cabo de algunos minutos, hacia la puerta grande y blanca que era donde nos había enviado Richard, era el fin del Territorio Nazi en Múnich, el problema es que estaba cerrada.

   Estaba desesperado, no sabia que podía hacer, no podía pensar en nada, mi mente estaba nublada. Milagrosamente Richard estaba ahí, abriendo la puerta para que pudiéramos pasar. Al atravesar el portón observe por detrás, que Richard trataba de cerrar la puerta para impedir el paso de los autos, en este intento el primer auto pudo pasar disparándole directo al pecho de Richard dejándolo tendido en el suelo mientras el segundo auto se estrellaba. No podía creerlo, había escuchado 6 disparos, todos impactados en el pecho de Richard. No pude contener mis lagrimas, sentía una gran profunda tristeza al saber que uno de los pocos amigos que tenia había sacrificado su vida por nosotros. Mire a Sara y ella me miraba a mi.

            – Lo siento – Me decía Sara compartiendo su dolor.

Seguí mi camino en total silencio, tuvimos unos minutos para poder perdernos de vista del auto que había pasado. Después de 20 minutos estaba seguro que ya no nos perseguían, llegamos hacia la afuera de Múnich para pasar por la frontera para llegar a Austria a la ciudad de Salzburgo, hay tenia unos parientes que nos podían ayudar un poco. Mostré mi placa de reconocimiento que demostraba que era un líder Nazi y me dejaron pasar. Me di cuenta que no había llegado la información de unos traidores que habían escapado. Dure cuatro horas para llegar a la casa de mis tíos maternos.  Me recibieron con suma atención junto con Sara. Les explique lo que había pasado y que nos buscaban seguramente para asesinarnos. Les dije que me quedaría un tiempo ahí hasta que empezaran, de nuevo, a buscarnos en esa ciudad.

    Dos meses después aconteció algo inesperado. Me hallaba yo durmiendo en una habitación que compartía con Sara en la azotea, abrí mis ojos somnoliento porque había visto una pequeña luz, me di cuenta que había sido Sara, que encendía uno de los bombillos al lado de su cama mientras se levantaba, vi como su mano cubría su barriga levantándose la camisa que tenia puesta, desato una venda que envolvía su torso. Inmediatamente me levante sorprendido.

              – ¿E-estas… embarazada? – dije tartamudeando y abriendo mis ojos sorprendido.

              –  ¡Ah! ¿Estabas despierto? – me preguntó.

              –  ¿Por qué no me lo habías dicho?

              –  Lo siento. – Me respondió – No sabia como decírtelo.
–  ¿Cuantos meses tiene?

              –  Cinco.

              –  ¡Oh! ¿Y quien es el padre? – Le pregunte sintiendo nervios.
– Fue, fue por… una violación. – Me respondió con lagrimas en sus ojos –     Algunos militares nazis les gusta abusar de las mujeres judías – Decía mientras se sentaba en la cama tapándose su cara con ambas manos – Aun así tenia la opción de abortar pero sabia que el bebe que estoy esperando no tiene la culpa.

   Me levante de la cama y me senté al lado de ella. Puse mis dedos en su mandíbula haciendo que levantara su mirada. Me miro con esos ojos azules inundados de lagrimas que tanto me gustaban. Acerque mi rostro y la bese en los labios. Todo parecía olvidado, toda la situación en que nos encontrábamos había desaparecido, el único temor que sentía era de volverla a perder. Después de esto, me miro fijamente sorprendida a los ojos, se formo una sonrisa en su rostro, mirando hacia abajo.

         – Al besarte estallaron mas bombas en mi corazón que en el momento en que escapábamos. –  me dijo con una pequeña risa tímida.

     Esa noche fue la mas especial de todas, me di cuenta que era un verdadero sentimiento que hacia latir mi corazón por ella y ella por mi.

     Pasaron cuatro meses sin problemas hasta que Sara empezó con sus dolores de parto, una enfermera llego a la casa de mis tíos y empezaron su proceso. Pasaban horas y horas mientras yo sentado en el mueble de la casa esperaba con ansias la noticia del hijo de Sara.

         – Señor, Señor, despierte. – Me decía una voz distorsionada en un mundo de oscuridad – Ya nació, el bebe ya nació.

    Me levante de un salto y me dirigí rápidamente a la habitación en donde se encontraba Sara. La vi con la forma del bebe en sus brazos envuelto en una manta café. Le sonreí a Sara y ella me entrego el bebe. Levante una capa que le cubría el rostro. Era el niño mas lindo que había visto en mi vida, unos ojos tan azules como su madre con tez blanca y unos labios delgados. No podía decir nada, tan solo quería tener a el hijo de Sara en mis brazos, sentí  un amor hacia el bebe como si fuera mío. Se lo entregue y me senté  al lado de Sara tomándole su mano.

– Desde niño pensé  que era una linda amistad, ahora, se que es un amor inquebrantable el que siento por ti. – Le murmure al oído – No importa que pase de ahora en adelante, yo quiero amar al bebe como si fuera mío.

       – Claro que si,  seremos una familia hermosa – Dijo entrecerrando sus ojos – Asher, quiero que se llame Asher.

      -Descansa un poco.

    Todo lo que estaba pasando era tan bueno que no podía creerlo, existía una luz en medio de las tinieblas. Pero aun así, sabia que no iba a ser para siempre. Todo estos seis meses había escrito en mi agenda desde el momento en que escapamos hasta que ahora, Sara tuvo el hijo.

   Tres meses después llego uno de mis tíos de unos cuarenta y ocho años, un poco alterado.

      – ¡Están aquí! – Dijo con una voz temblorosa – Se buscan dos traidores por esta zona.

     Teníamos que salir de este lugar inmediatamente  pero en lo primero que pensé fue que haríamos con mi hijo. No podíamos arriesgar la vida de Asher. No podíamos llevárnoslo.

     – ¡Sara! ¡Sara! Tenemos que dejar a Asher al cuidado de mis tíos. –

Le salían abundantes lagrimas en los ojos de Sara, mientras aceptaba con su cabeza.

    – Empaquemos y vámonos.

    – Tengo un amigo que podría llevarlos en Avioneta a la ciudad de Viena, es la única forma de escapar de aquí. Diríjanse 2 kilómetros al norte. – Nos informo una de los familiares que se encontraban-

    – Muchas gracias, por todo lo que ha hecho por nosotros – Exclame tomando la mano de Sara y saliendo por una de las puertas de atrás.

   Era 1942 cuando sucedió esto con 28 años, Sara y yo tomamos uno de los autos de servicio y nos dirigimos hacia al norte. Veíamos como pasaban tropas de Nazis por todo el área y rogaba para que no tuvieran problemas mis tíos. Al llegar, informé a la persona encargada que nos habían enviado uno de sus amigos para que nos prestaran una avioneta. Accedió con gusto y afortunadamente tomamos la avioneta. Al llegar a Viena, Sara fue hacia un lugar en donde vivía un amigo Alemán de sus abuelos de unos 38 años llamado Cort. Les hicimos saber lo que ocurría y ofreció ayudarnos informándonos sobre un barco de carga que zarpaba para Estados Unidos en dos días, fue una gran noticia para nosotros.

    El nos presto dos camas por dos días, en la primera noche, me encontraba yo durmiendo y escuche un ruido muy extraño, como si trataran de abrir la puerta de nuestra habitación. Cuando me di cuenta que habían entrado haciendo un gran ruido me levante y me asuste al ver seis militares nazis apuntándome con una pistola a mi cabeza y a la cabeza de Sara también. Detrás de ellos estaba Cort mirándome con una expresión de hipocresía.

    – ¿Por que? ¿Por qué Cort? ¿Porque nos has traicionado? – Grito Sara mientras le ataban sus manos.

   Cort la miro y se le escapo una risa sádica.

  Yo sabia lo que iba a pasar con nosotros. Pero no fui capaz de decírselo a Sara. Los nazis sabían que éramos traidores para ellos. Así que nos darían pocos días.

         – Ahora que estas aquí, conmigo, tomare tu mano y no te volveré a dejar ir –  Fue lo único que le pude decir a Sara mientras nos llevaban por un largo camino en una fila con otros judíos cautivos.

     Nos llevaron para unos campos de concentración en el territorio nazi en Viena. A la tarde del siguiente día, vi que Sara se acercaba para una de las mallas en donde se encontraba Cort vestido con el uniforme de un Teniente nazi. Me acerque junto con Sara.

      – Yo soy nazi, siempre he odiado a los judíos – dijo – ¡Yo fui uno de los que mato a tus tíos! – Grito Cort con arrogancia.

  Sara y yo quedamos pasmados con sentimientos de dolor y emociones de odio. Sara golpeaba con furor y lagrimas en sus ojos a la malla que la separaba de Cort lastimándose sus manos. La detuve y lo único que pude hacer fue mirarlo con soberbia alejándome con Sara. Fue un día duro, nos hacían trabajar mientras solo recibíamos pocos alimentos. Había escondido mi agenda y mi lápiz por detrás de mi overol de rayas verticales negras y blancas, y lo único que pude hacer esa noche fue escribir mis anécdotas.

  Al amanecer del día siguiente, sentí un frio que recorría mi espalda, mire hacia el cielo nublado y caminaba por el barro que se había creado por la fuerte lluvia de la noche anterior. A mi alrededor solo veía mallas. Pasaron tres horas y entraron dos soldados y un capitán tomándonos por atrás de la manos amarrándonos un alambre con púas que se enterraban a nuestra piel ensangrentadas.

         – ¿A donde nos llevan? – Les pregunte a uno de los oficiales que estaba delante mío.

         – Solo vamos a ducharlos por unos minutos – Me respondió con risa mientras los otros oficiales se reían junto con el.

   No sabia a que se referían así que seguí  caminando. Pasaron unos minutos y vi aproximadamente setecientos judíos reunidos a las afueras de unas habitaciones grandes que parecían baños. Al llegar solo duraron pocos momentos para hacernos pasar y nos situaron a todos en varios cuartos. Escuche a uno de los judíos asustado con ojos saltones diciendo

         – ¿Cámaras de gas? ¿Que es eso? – mientras el otro le respondía.

         –  Un nuevo método para torturarnos, dicen que lo crearon hace poco, el año pasado supongo.

    Quede aturdido. ¿Cámara de gas? Vamos a morir. Sara escucho todo lo que había dicho.

      – ¿Que pasara con nuestro hijo?

      – El estará bien.- Le respondí  – Sera un chico valiente, estoy seguro que podrá crecer sin nosotros y será un hombre de bien.

    Escuchaba algunos ruidos por debajo y encima del techo muy extraños. Presentía que era lo ultimo que pasaría, y lo que mas quería era pasar los últimos momentos con Sara y la abrase.

       -Nunca pedí ningún deseo mejor que querer morir a tu lado – Le dije con una sonrisa sincera.

        – Te Amo – Me dijo mientras me daba un beso.

     Eso fue lo ultimo que compartí de mi corazón a ella y  lo ultimo que escuche de sus labios.

    En 1960 estaba uno de los cancilleres en una reunión publica dada a algunas personas Estadounidenses que habían sido afectadas por la época de Alemania Nazi. Este canciller secando sus ojos con lagrimas, expresó:

       – Lo que acabé de leer fue uno de los archivos mas importantes encontrados hasta el momento de lo ocurrido en el tiempo de la era Nazi. Escrito por un oficial Alemán llamado Frederick Bauer – Dijo terminando el anunciado –  Muchas gracias.

   Toda la auditoria estallo en aplausos y cuando todo había calmado y todos estaban sentados se levanto un muchacho llorando, aparentemente de 18 años, con tez blanca, ojos azules luminosos y un pelo negro brillante. Diciendo:

-¡Yo soy Asher Abzac!.

 

 

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