Escritores aficionados #286: Aprender a Vivir, de Florencia Suriani

Titulo del Escrito: Aprender a Vivir
Tipo de Escrito: Cuento
Nombre: Florencia Suriani
Edad: 17 años
Nacionalidad: Argentina

Esta es la historia de Luca, un chico de 17 años que se despierta en un hospital sin recordar qué combinación de alcohol, drogas y pastillas hizo la noche anterior como para acabar allí. Él no es consciente de tener un problema, hasta que se encuentra con Augusto, un pequeñuelo que le enseñará lo que es aprender a vivir.

“Aprender a vivir”         

 

¿Dónde estaba? Abrí mis ojos despacio, me pesaban como si cargara con 200 kilos en cada uno.

Por la camilla, el suero conectado a mi brazo y que desde la ventana se leía un gran cartel blanco con letras rojas que decía “Hospital”, llegué a la conclusión de que efectivamente me encontraba en un hospital. Cómo había llegado ahí, simplemente no tenía idea.

Después de media hora de intentar recordar, me di cuenta que lo único que sabía era que había estado en un boliche tomando, lo normal, alguna que otra mezcla de pastillas y alcohol con falsos amigos…

Creo que después salimos y fuimos a la casa de uno. Sí, sí, fuimos a lo del rubio con actitud de winner, pero que es un 4 de copa. Me acuerdo porque cuando estaba sentado disfrutando del efecto que tenía sobre mí el dulce polvo blanco, ambrosía de los dioses mortales (¡Ah, se hacía el poeta!), se me acercó una mina…María, Marina… ¡Melina! Melina se llamaba y me preguntó si le convidaba una raya para aspirar. Nunca pude decirle que no a una cara bonita, así que corté una raya para ella y otra para mí, no la iba a dejar sola.

Por los retazos que tenía en mi memoria, terminamos los dos riendo, después de compartir nuestro momento. Hicimos cosas estúpidas como bailar sin música o gritar sin razón alguna.

Lo malo de las drogas es que a veces te hacen actuar como un idiota, otras te calman o te violentan. Son como una ruleta rusa de emociones, nunca sabés lo que va a pasar.

Intentaba conseguir algo más de mi memoria pero justo entró una enfermera con cara avinagrada que me dijo:

-Despertaste, le voy a decir a tu madre que puede pasar.- Y se fue sin mirar atrás.

Dos minutos después, entró mi madre. Parecía un desastre: sus cabellos estaban despeinados, su maquillaje corrido, tenía ojeras y la ropa arrugada.

Se acercó con ojos llorosos hasta mi cama y me dio uno de esos abrazos de Mamá Osa que siempre te hacen sentir en casa, a pesar de todo.

-¡Nunca más me hagas esto!… ¡Es la última vez que te dejo hacer lo que quieras!…¡No te puedo perder, no te voy a perder!- Dijo en medio de su llanto.

Intenté calmarla para que me explicara lo que me había pasado y, finalmente, me dijo que me habían llevado en un auto a la puerta de casa y me habían tirado. Ella lo había visto porque estaba volviendo del supermercado por la mañana, había corrido hacía mí y cuando no emití señal alguna de vida, me llevó al hospital en su auto (esperar una ambulancia hoy en día es como que yo espere convertirme mágicamente en Cristiano Ronaldo).

Me contó que me habían tenido que hacer un lavaje estomacal para poder sacarme del organismo el alcohol, las pastillas y drogas; que debía permanecer en el hospital por un par de días; que estaba decepcionada de mi y que no podía entender por qué no le había contado mis problemas, ni por qué ella no los había notado.

Pero yo no tengo problemas. Mi “papá” se fue con otra mina cuando yo tenía 3 años y jamás lo volví a ver. No me molestaba, no se puede extrañar a quien no se recuerda.

Ahora tengo 17 años; pero con las drogas empecé a los 14, para probar. Uno es chico y siente que se puede llevar el mundo por delante…

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