Escritores Aficionados # 177: ¡Aquí no se admiten reclamaciones!, de Fisquero

Título: ¡Aquí no se admiten reclamaciones!
Tema: Relato corto
Pseudónimo: Fisquero
Edad: 63 años
Nacionalidad: española

¡Aquí no se admiten reclamaciones!

La fiebre suele en ocasiones desencadenar en la mente extrañas reacciones, las cuales pueden convertirse en fantásticas alucinaciones.

Sin duda fue producto de esos fabulosos delirios el que mi mente se viese sumergida en un pesado sopor, mediante el cual me sentí transportado a través de unos círculos concéntricos que irradiaban una tenue, pero molesta luz fosforescente e intermitente.

 A pesar del letargo que embargaba mi mente, pude alcanzar a distinguir que por medio de aquel refulgente e irreal ascensor, era posible bajar hasta las más oscuros y profundos abismos, donde se hallan las fauces del mismísimo Infierno, y a la vez, ascender hasta los confines más recónditos, lejanos e infinitos del Cosmos, donde se suponen que las almas pueden encontrarse con las Puertas del Paraíso.
No conocía la razón, ni tampoco el porque. Pero allí estaba yo, sintiendo que realizaba el trayecto en sentido ascendente, en dirección a algún recóndito e ignoto lugar del Universo infinito.

A medida que iba ascendiendo pude observar que aquel fantástico elevador realizaba paradas cuando alcanzaba distintos niveles, en los cuales había amplias terrazas y, para mi sorpresa, en ellas pude contemplar objetos y artilugios a los cuales en el pasado les unió algún vínculo  con mi persona y a los cuales  perdí la pista con el devenir de los días.

Así, allí se hallaba mi primera bicicleta mara Orbea, con manillares y sillín de plástico.
No pude evitar enternecerme al encontrar también allí aquella moto Ducati de 50cc., la cual me acompañó en los dulces y complicados años de mi adolescencia.
Un ejemplar de una edición muy antigua de Los hermanos Karamázov, de Dostoyeski con el cual me apasioné y disfruté muchas horas, estaba allí, al igual que muchos más objetos que en algún momento habían formado parte de mi vida, todos ellos se hallaban allí flotando en aquella indeterminada y extraña encrucijada ubicada entre el Más Allá y La Eternidad.

Cuando llegué al nivel que al parecer era mi destino, el alucinante ascensor se detuvo ante un inmenso espacio abierto e intensamente iluminado con una luz blanca, la cual impregnaba e inundaba con lechosa luminosidad todo aquel lugar carente de cualquier mueble u ornamente.

Una espesa neblina cubría el suelo, causando la sensación de que bajo ella sólo existía el vacío, y que allí todo se hallaba suspendido en el aire.

Y yo, como en un duermevela, sentía ser consciente de que todo aquello era producto de un sueño, pero al reconocer allí a familiares, amigos y conocidos, a los cuales sabía fallecidos  mucho tiempo atrás, me sobresalté, y sentí que un escalofrío recorría todo mi cuerpo…, o mi espíritu…, o lo que quiera que fuese el soporte sobre el cual se asentaban los impulsos que generaban mis visiones.

Pude observar que todos los que allí estaban vestían blancos camisones, y vagaban sin rumbo en actitud pasiva y ausente, sumidos en una total apatía.
Manolo, mi buen amigo de la infancia, muerto ya hacía varios años, se dirigió a mí, y con reservado sigilo me susurró lacónicamente.

-Paquillo, como te he echado de menos. ¿Has traído cigarrillos? Una eternidad llevo sin poder dar un a calada. ¿Y a esto le llaman Paraíso? A buenas horas me pillan a mí otra vez para volver de nuevo aquí.

Intenté contestar a mi amigo, pero una suave e inflexible fuerza me arrastró frente a un ser cubierto de una túnica blanca; en una de sus manos portaba un especie de pasaporte, y en la otra un sello de fechas.

-¿Tienes algo que añadir o aportar acerca de tus acciones en vida, para que conste en tu pasaporte al Reino de los Cielos? –Me espetó en tono interrogante y apremiante.

Yo que ya empezaba ha estar cansado de aquel empalagoso sueño y, recordando las desgracias, miserias y tragedias que constantemente acaecen a aquellos con los que compartimos nuestro mundo y nuestras vidas; no me lo pensé dos veces y respondí:

-¡Mira tú por donde! Aportaciones y añadidos respecto a mis acciones, ninguna, no tengo nada que quitar ni poner; pero reclamaciones y quejas al responsable de lo que pasa allá abajo, tengo para llenar un libro – La cara de estupor que causaron mis palabras en mi interlocutor, me impulsaron a expulsar todo aquello que en mi interior se rebelaba y me irritaba.

-¡Mire usted señor portero de los Cielos! Allá abajo el poderoso hace ostentación de su soberbia y pisotea al humilde; la locura, la mezquindad, la avaricia y la intransigencia campean a sus anchas; los enfermos y discapacitados son indolentemente silenciados allá abajo…Y por cierto, olímpicamente olvidados aquí arriba. ¡Pues sí, reclamaciones tengo muchas! ¡Y para empezar exijo tener inmediatamente un cara a cara con el que manda y dirige todos estos desaguisados!

El celestial e impoluto portero del Cielo, que me miraba con el rostro desencajado por el estupor, sin dar crédito a lo que estaba escuchando, atinó a responder.

-¿Esto no es normal? ¡Tendré que consultar el manual de incidencias!

De pronto una voz autoritaria retumbó surgiendo de algún lugar impreciso de aquella insólita inmensidad.

-¡Joven, aquí no se admiten reclamaciones! ¡En mi Reino nadie cuestiona mi obra y milagros! Y por tu arrogancia e insolencia, es mi voluntad que regrese al lugar del que procedes y en el cual tantas cosas te perturban e inquietan -Y añadió refunfuñando entre dientes- ¿Quién me habrá enviado esta alma tan solidaria e indignada? ¡Si es que tengo que estar yo en todo!

Dicha la última palabra de aquel Se Supremo, invisible y contrariado, desperté en la cama de un Hospital; me encontraba rodeado de varios sanitarios y enfermeras, uno de los sanitarios que sujetaba en ambos manos las palas de un desfibrilador cardiaco, comentó con evidente alivio y júbilo – ¡Gracias a Dios! ¡Le hemos recuperado!

Más tarde supe que había sufrido un terrible accidente, provocado por la inconsciencia de los excesos de un conductor, que celebraba la llegada del año nuevo conduciendo con algunas copas de más. Como consecuencia del accidente sufrí un paro cardiovasculatorio, del cual conseguí salir, en el momento en que fui expulsado de aquel lugar en el que estuvo mi mente durante todo el tiempo en que ésta permaneció en encefalograma plano. Nunca sabré si todo lo que vi y sentí fue real, o sólo fue una alucinación producto de mi traumático estado de shock; pero desde entonces siempre llevo encima una cajetilla de cigarrillos, para cuando llegue el momento en que de nuevo me encuentre con mi amigo Manolo pueda complacer su ansiedad y proporcionar un poco de alegría a su eternidad.
Pues una cosa es segura, y es que antes o después, ese momento llegara.

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