Escritores Aficionados # 130: El quiebre, de Ignacio Amadeo

Titulo del escrito: El Quiebre
Tipo de escrito: Cuento (adaptación del microrrelato de Augusto Monterroso “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba ahí”)
Género: Fantástico
Nombre: Ignacio Amadeo
Edad: 15 años
Nacionalidad: argentina

Cuando desperté, el dinosaurio todavía estaba ahí. Me embargó una profunda confusión, y al incorporarme en mi lecho la cabeza comenzó a darme vueltas. No lo veía pero podía sentir su poderosa presencia muy cerca, acechando. Salí de la cama procurando no hacer ningún ruido para no enturbiar la calma del lugar, y caminé en puntas de pie hacia la puerta, la cual abrí suavemente y salí al exterior.

            Al ver lo que me rodeaba, caí de rodillas con un suspiro. Mi mente trataba de negar lo que veían mis ojos. Frente a mí se erguían débilmente las ruinas de lo que alguna vez había sido una casa, mi hogar. Lo único que se mantenía en pie era un jardincito en el fondo, donde las plantas cultivadas habían resistido el paso del dinosaurio, tal como en el sueño. Algo en la visión del jardín hizo que me sintiera libre como un pájaro y emocionado como un niño. Me dirigí hacia allí como si estuviera soñando y sintiendo una fuerte ansiedad por estar junto a las plantas que parecían llamarme.

Una vez que estuve parado junto a ellas me invadió una esencia extraña, mientras todo mi ser parecía vibrar con cadencias exóticas. El aroma que desprendían me contagió de un frenesí que aceleró mi ritmo cardíaco hasta que sentí que iba a explotar por dentro. Una vez llegado a este punto todo a mi alrededor se distorsionó y me vi rodeado por una naturaleza salvaje que se movía a su antojo, y observé plantas de todos los tipos y tamaños que se entrelazaban por doquier.

Un feroz gruñido proveniente del interior de la selva me dejó helado de terror, y empecé a abrirme paso dificultosa y desesperadamente por la tupida maraña de lianas y ramas que me rodeaban para escapar de lo que fuera que acechaba en la oscuridad. Me tropecé varias veces, raspándome las piernas y los brazos dolorosamente, pero me forcé a continuar la marcha.

De repente la selva me expulsó a una carretera. Miré para todos lados y con asombro me di cuenta de que la vegetación había desaparecido. Mientras entrecerraba los ojos tratando de acostumbrarme a la brillante luz del sol, el viento me trajo un sonido lejano que cada vez se iba haciendo más fuerte, y cuando miré hacia la dirección de donde provenía el ruido, observé una mancha gris que bien podía ser un camión o algún otro tipo de vehículo que se aproximaba. Al acercarse le hice señas desesperadamente para que se detuviera, y sentí un extraño escalofrío mientras lentamente el vehículo reducía su velocidad hasta que por fin se detuvo junto a mí.

Ahora pude reconocer que era una camioneta destartalada de color indefinido; la tierra acumulada del desierto la hacía parecer de un gris sucio. De ella se apeó una anciana envuelta en un chal que me observó curiosamente. De pronto sus ojos se alargaron y adquirieron un brillo malvado, mientras que su boca se deformó y en su interior aparecieron varias hileras de dientes gruesos y afilados como cuchillos, al tiempo que su figura crecía amenazadoramente hasta tapar el sol. En ese momento todo se oscureció y el suelo me atrajo hacía sí.

Cuando el dinosaurio despertó, el humano todavía estaba ahí. No lo veía pero podía sentir su olor. Había tenido una extraña visión en la cual muchos pequeños bípedos de cara plana derribaban los árboles y armaban estructuras capaces de flotar en el agua. El dinosaurio sufrió un escalofrío que le recorrió el cuerpo desde el morro hasta la punta de la cola, y salió de adentro de la cueva para ser recibido por una espantosa visión de árboles caídos y una selva destruida. A lo lejos distinguió un grupo de extrañas estructuras y se acercó a ellas al galope. Al llegar a su lado, observó esas construcciones de madera que flotaban en el río y se deslizaban suavemente, impulsándose con el trabajo de miles de bípedos que hundían en el agua unos palos largos y empujaban.

De repente oyó un grito, y todos los humanos al unísono empezaron a chillar con expresiones de miedo dibujadas en sus rostros. En ese momento el dinosaurio vio volar hacia él objetos diminutos que luego impactaron contra su cuerpo sin causarle el menor daño, pero que se tornaron peligrosos cuando sintió al menos una docena de ellos que se incrustaban en sus ojos. El animal sacudió la cabeza enfurecido y cargó contra los bípedos, pero de inmediato sintió unas ataduras que lo ligaban a la tierra y le impedían seguir avanzando, derrumbándolo pesadamente en el suelo. Después de unos momentos el animal vio a los humanos que trepaban por su cuerpo, y uno de ellos se acercó lentamente hacia su cabeza. Le habría gustado tragárselo de una dentellada, pero lamentablemente también tenía amarradas las mandíbulas y no podía hacer nada. El pequeño y odioso ser de dos patas se ubicó en su frente y enarboló una vara con una filosa punta de piedra en su extremo.

El dinosaurio se hallaba dividido entre el miedo y el odio, no podía creer que unos simples bípedos hubieran podido vencerle, ¡a él! ¡Era el señor de la selva! ¡Nadie osaba enfrentársele! Y ahora él, el ser más poderoso sobre la faz de la tierra, iba a morir, ensartado por un humano. Cuando descendió la lanza, se oyó un ruido ensordecedor y el dinosaurio se vio cegado por una luz blanca resplandeciente.

Al recuperar la visión, vio que todos los humanos se habían arrodillado y observaban embelesados algo que se hallaba detrás de él. El dinosaurio se incorporó en cuatro patas (sus ataduras habían desaparecido como por arte de magia), se giró hacia donde miraban los humanos y lo que vio lo dejó sin aliento.

Frente a ellos se erguían cuatro figuras. Una estaba hecha de tierra arremolinándose, otra crepitaba y emanaba el calor del fuego, una tercera relampagueaba y se movía con el viento adoptando distintas formas, y la última se hallaba en el río y estaba enteramente formada por agua. Las figuras se acercaron entre sí cada vez más hasta que se unieron en un solo ser que se elevó en el aire y comenzó a girar, y de repente la masa de fuego, agua, tierra y aire se transformó en una especie de ventana en el medio del aire por la que se podía observar otro paisaje. A través de la abertura el dinosaurio vio seres iguales a él y otros distintos que convivían en un lugar salvaje. Sintiendo una fuerte ansiedad por estar allí, el dinosaurio se encaminó hacia el portal y se dejó llevar.

El fuego, el agua, la tierra y el aire se separaron, deshaciendo el portal y dejando al dinosaurio en el pasado y a los humanos en el futuro, para luego esparcirse por el tiempo y el espacio e integrarse con cada partícula del planeta.

Fin

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