Escritores Aficionados # 165: El río, de Fisquero

Título: El río
Tema: relato corto
Pseudónimo: Fisquero
Edad: 63 años
Nacionalidad: española

  Al llegar la primavera  y  con el aumento de la temperatura, la naturaleza resurge de su aletargamiento llenando de color y  alegre vida  todo aquello que durante el invierno permaneció  inerte y marchito.

  Es  con la llegada de los días soleados cuando mi memoria rememora aquella historia  que durante muchos años de mi niñez turbó en muchas ocasiones mi espíritu, mi paz y mis sueños, y aún hoy día  al recordarlo  estremece todo mi ser.

  Corrían los primeros años de la década de los cincuenta, y llegadas  en el colegio las vacaciones de verano, mis padres  me llevaban al pueblo donde me dejaban  bajo la custodia de mis abuelos.

  Era éste un pueblo pequeño en donde todos sus habitantes se conocían por su nombre y apodos, existiendo una relación muy entrañable entre ellos que les convertía en una gran familia. Los niños cuya edad estaba entre  ocho y once años no eran muy numerosos en el pueblo, pero al llegar la época del verano, se les unían  los que al igual que yo estábamos allí al amparo de nuestros familiares

  Difícil me resulta  recrear con palabras las agradables sensaciones que mis sentidos conservan de aquellos tiempos. El canto de los gallos al amanecer, el repique de las campanas del campanario  llamando a los feligreses, la aventura de bajar al río y en compañía de las amistades -con la sinceridad sin reservas, que sólo es posible a ésa edad- darse un baño e internarse  en los cañaverales con la intención  de atrapar algunas ranas -con cuyas ancas la abuela condimentaba un suculento aperitivo-, adentrarse en el vergel paradisíaco  de la huerta a la búsqueda de algún nido tardío y descubrir los  maravillosos procesos de la naturaleza al despertar a la vida.

  Al final del día nos sentábamos a la puerta de la casa, y esperamos contando cuentos y relatos, la hora en que la oscuridad de la noche -ausente de cualquier  tipo de contaminación lumínica-, nos mostraba el sugerente y misterioso Universo con la vía láctea como eje  central de millones de diminutos puntos luminosos, los cuales despertaban nuestra curiosidad y fantasía.

  Uno de los relatos que  más exaltaban y llenaban de angustia mi imaginación,  era el que hacía referencia a una leyenda que durante varias generaciones se había transmitido para asustar a los niños, y  como ejemplo de perversidad aberrante y supersticiosa  para los mayores.

  Era aquella en la cual unos tenebrosos  y siniestros individuos  pagados por  familiares de enfermos necesitados de sangre -como único remedio para aliviar sus dolencias-, recorrían  los pequeños pueblos en la horas de la siesta, cuando el sol meridional se encontraba en todo su apogeo, y los habitantes buscando protección se refugiaban en la sombra protectora de sus casas, dejando  las calles desiertas.

   Se contaba que estos hombres acechaban a la busca de algún incauto niño, que en un descuido de sus padres  o hermanos mayores, se encontrase sólo,  y aprovechando  la soledad y la ausencia de testigos, lo introducían en un saco y lo arrebataban de su hogar no volviéndose a saber de él.

  Esta  siniestra historia tenía su base en hechos  reales acaecidos muchos años atrás -y que habían dejado una huella insidiosa  en la memoria colectiva-, los cuales eran asumidos tanto por los pequeños como por los mayores; motivo más que suficiente para que en las horas centrales del mediodía  y hasta que caía la tarde,  los menores  se sintieran disuadidos  de salir a la calle hasta pasada la siesta.

  He aquí que una tarde encontrándose  los mayores  y la mayoría de  los niños durmiendo   plácidamente; inconscientemente y decidiendo   romper con la monotonía  de aquellas largas y tediosas horas, decidimos  yo y dos niños de los más avispados del pueblo, bajar al río y refrescarnos en aquella tarde de calor  empalagoso

  En ningún momento se nos ocurrió a ninguno de nosotros pensar en  cualquier tipo de amenaza, y con la temeridad e imprudencia que conduce la inexperiencia, apoyándonos  en el estímulo que nos infundía el realizar algo prohibido -de lo cual podríamos presumir  ante los demás niños-, ignorábamos que estábamos   a punto de enfrentarnos a un hecho que marcaría nuestro carácter y nuestro proceder el resto de nuestras vidas.

  Lleguemos a la orilla del río, el canto repetitivo, inmutable y cansino de las chicharras,  junto al chapoteo  de alguna ave acuática era el único sonido que  turbaba el silencio de aquella tórrida  tarde de verano. Nos zambullimos ávidos  del frescor placentero que proporcionaban aquellas entonces cristalinas aguas, jugando y bromeando no nos percatemos de una figura  siniestra  que oculta en los cañares nos observaba  con ojos perversos y malignos.

  Sólo tuvimos conciencia del peligro que corríamos cuando el más pequeño de nosotros -un muchacho llamado Pepito, de piel blanquísima y ojos azules-, cansado de estar dentro del agua salió del río, siendo de inmediato abordado con evidentes malas intenciones, por  aquel individuo de aspecto insidioso. Era alto y corpulento, su rostro  estaba cubierto por una larga barba que junto a sus cabellos largos  y desaliñados le daban  un aspecto fiero, su ropa  raída  inducía a pensar que  se trataba de un vagabundo, y a pesar del terrible calor iba cubierto por una chaqueta de color oscuro que le hacía aparecer como un gigante a nuestros ojos.

  Pero lo que más nos impresionó  fue el saco que  llevaba en sus manos, pues instintivamente vino a nuestras mentes el relato que tantas veces habíamos escuchado expectantes e inquietos.

  Todo sucedió  rápidamente, el hombre  que nos acechaba  se abalanzo  sobre Pepito, éste al intentar  huir resbalo en la orilla húmeda del río cayendo al agua, el hombre titubeo unos instantes, tras los cuales avanzó unos pasos dentro del río  -no estaba dispuesto a perder su presa.

  En esos breves instantes -que a mí me parecieron una eternidad-  muchas cosas pasaron por mi mente: Mis padres  despidiéndose compungidos cuando me dejaban en el pueblo; mis abuelos instruyéndome con aire severo acerca de las normas  que había de seguir estando allí bajo su tutela; la pequeña virgencita del Pilar, que se hallaba  en  un camarín  de uno de los rincones de la iglesia, y a la cual me encomendé con toda mi alma.

El río tenía en la orilla poca profundidad, pero a medida que avanzábamos hacia el centro -intentando alejarnos de aquel ser abyecto que nos amenazaba- más y más profundo se hacía, siendo la fuerza de la corriente cada vez más fuerte.

  Cuando ya creíamos estar  perdidos, la providencia se manifestó en la persona del tío José” el de la verdura” y su yegua “Babieca”.

  El  tío José “el de la verdura” se dedicaba a cultivar todo tipo  verduras, y era muy popular, pues él mismo se dedicaba a venderlas recorriendo toda la Vega con un carro tirado por su yegua “Babieca”.

  “Babieca” recibía todas las semanas un baño en el río, con el fin de estar presentable y “guapa” en su recorrido por los pueblos de la Vega Baja,  su propietario aprovechaba aquella intempestiva hora en que el lugar era poco frecuentado para darle un buen baño.

  Al verle, los tres críos  gritamos pidiendo su ayuda, la sola presencia de aquel buen hombre, fue suficiente para que el individuo repelente y amenazador que nos perseguía  desapareciese

 La aventura, además del susto nos  valió una buena reprimenda, la cual dimos por bien recibida, máxime cuando a los pocos días corrió la noticia de la desaparición de varios niños que vivían en pueblos  ubicados en los márgenes  del río arriba.

 Nunca se supo que fue de aquellos niños desaparecidos, el tiempo ha ido borrando  la memoria de aquella dramática tragedia, pero no así en mis recuerdos y en mi alma, en las que quedó grabado para siempre aquella calurosa tarde de verano en el río.

Fin

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    1. Fisquero 09/01/2014
    2. greace 08/01/2014

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