Escritores Aficionados #244: Ella, de Brenda M. Barden

Título del escrito: Ella
Tipo de escrito: Cuento
Nombre: Brenda M. Barden
Edad: 17 años
Nacionalidad: Argentina

Ella

 

“ELLA”

La anciana sonrió, recordando todos los hechos que había acometido a lo largo de su vida, se acomodó en la antigua cama de hierro y esperó. Esperó a lo que los mundanos llamaban «la muerte».

  «Aún no» le susurró una voz en su oído, momentos antes de ser lanzada al otro extremo de la habitación con una fuerza descomunal. El tipo de fuerza que la había revoleado de esa misma manera sesenta años atrás.

Una silueta se hizo presente en su campo visual; inmaculada, increíble, hermosa. Desprendía un halo que le cegaba la poca vista que poseía y sintió como si su cuerpo se rindiera ante ella, nuevamente.

 Ella se agachó y estiró su mano, fría como el hielo. Era del tipo de frío que corta la piel y entumece los dedos. Pero, esta vez, su piel no sintió nada.

Le acarició el rostro y le acomodó un mechón de pelo que se le había desarreglado en el impacto contra la pared de la habitación, y susurrando una palabra en su idioma, le besó la frente.

La anciana continuó hipnotizada por la figura que se regía ante sus ojos. Tanto, que ni siquiera notó que comenzó a levantarse del suelo. Sólo fue capaz de notarlo cuando sus ojos encontraron aquellos luceros completamente blancos. Se tomó su tiempo para observarla de cerca. Tenía la piel blanca, casi transparente, pero que le otorgaba un aspecto de como si estuviera hecha de porcelana. Sus labios tenían el color de la sangre fresca y su nariz, pequeña y recta, se encontraba justo en el medio de su rostro, dándole una contextura perfecta. Pero lo que más atraía, y con lo cual la identificaban, era aquel manto negro que poseía por encima de la cabeza. Su cabello brillaba por el contraste de la luz que entraba por la ventana y también, por la que ella emanaba. Los ojos eran su parte favorita; no tenía iris, lo que daba un aspecto, según los otros, diabólico. Pero a ella le parecían tan hermosos que los consideraba irreales. Aquellos ojos la habían guiado durante las acciones que aquella mujer la mandaba a cumplir, indicándole el camino.

Cuando tan sólo tenía veinte años, exactamente en esa misma habitación, se le había aparecido aquella misma mujer. De la misma manera, la había lanzado al otro extremo de la habitación, y le había hecho una promesa. Ella había aceptado por la irresistible idea que le había propuesto y había accedido a hacer todo lo que ella le pidiera. Durante sesenta años se dedicó a enamorar muchachos jóvenes, llenos de entusiasmo y de una alegría contagiosa, para luego ofrecérselos a Ella y beber de aquella sangre renovadora. Una vez que terminaba, Ella cumplía con la otra parte del trabajo. Nunca supo exactamente qué era lo que hacía, pero tampoco quería entrometerse.

Parte del trato era no preguntar.

Volvió al presente al momento que Ella sacaba la mano de su hombro. Echó su cabeza hacia atrás, y sin mover ni un músculo de su rostro, le habló:

—Durante años me has servido y yo, como te he prometido vengo a traerte tu recompensa.

El débil corazón de la anciana dejó de latir.

—No te has dado cuenta, pero te has estado alimentando de mi sangre al beber de aquellos muchachos que tan gentilmente me ofrecías.

Sus pies dejaron de provocarle dolor.

—Te he estado preparando Úrsula, y ha llegado el momento.

Sintió como si piel estuviera estirándose y renovándose, a medida que pasaba por su cuerpo. Una energía que hace años que no sentía, la envolvió.

—Tú has cumplido con tu parte. Ahora es mi turno.

Su cabello comenzó a pesarle sobre sus hombros, molestando a medida que los mechones se colaban por su rostro. Ella colocó ambas manos en sus hombros y la miró a los ojos.

—Fuiste elegida desde el día que naciste y, cuando joven, demostraste que estás hecha para esto.

Después de unos minutos de silencio, agregó: —Tienes el poder ahora.

Pareció como si el viento que entraba por la ventana la hubiera derribado, se fue deshaciendo desde la cabeza hasta los pies, y como si hubiera estado hecha de cenizas, desapareció completamente.

Sin comprender lo que había sucedido en aquellos últimos minutos, se giró hacia el gran espejo que se encontraba en su puerta.

Ella, la miraba directamente a sus blancos ojos, desde el otro lado del espejo.

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    1. Karina 06/08/2014

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