Escritores Aficionados #285: Déjenme llorar, de Rosy Sánchez.

Escrito por: Rosy Sánchez. ojo

Cuento corto.

Y ahí estaba él. Michael. Era perfecto, bueno, no tan perfecto, pero una parte de él lo era, en una gran extensión de la palabra. Y ahí también estaba yo. Pero no estábamos juntos, no. Hacía mucho que no estábamos juntos, y no juntos en una manera amorosa ni nada por el estilo, solo… juntos, de una forma linda, esa forma en la que puedes ver a la gente sin sentir más que un cariño puro. Nada comparado con esa basura del amor.

Recordé el momento más lindo que habíamos tenido en aquellos momentos. Era un jueves, antes de entrar a la clase de inglés estábamos los dos afuera, juntos. Cuando fue el momento de entrar, pasamos y nos sentamos uno al lado del otro en nuestras sillas.

— ¿Cómo se supone que la gente debe entender por qué pasan las cosas? No es algo fácil… —pregunté alzando las cejas, miraba sus manos.

—De la misma en la que tú entiendes lo que te pasa.

—Buen punto, pero ni yo sé cómo entiendo lo que me sucede.

—Y no lo sabremos, solo las entendemos como la gente quiere que las entendamos. —Me miró con un poco de compasión.

—De acuerdo.

Saco su celular, el que había tomado prestado de su hermana. Era morado. No pude evitar soltar una risilla. — ¡NO LO HAGAS, TENGO QUE VIVIR CON EL HASTA QUE A MIS PADRES SE LES ANTOJE COMPRARME UNO QUE NO SEA MORADO!

Saqué los audífonos que guardaba en mi bolsillo de la falda, los desenrolle lo más rápido que pude y se los tendí. Los tomó y muy rápido los conecto a la entrada de su celular. —Carla Morrison.

—Por supuesto. —Aseguró. — Déjenme llorar, Eres tú, Disfruto, Duele, No quise mirar.

— ¡Déjenme llorar! —Respondí muy segura de mi decisión.

Ambos nos quedamos en un silencio absoluto por lo que fueron unos largos diez minutos. Todos hacían un ruido completamente brutal, pero ahí estábamos él y yo, juntos, escuchando Carla Morrison porque era la mejor cantante en el mundo, en nuestro pequeño mundo.

  • •     •

“He estado recordando los momentos que te di, cuántos tú me diste y por qué ahora estoy aquí…”1

1Carla Morrison, Déjenme Llorar.

Mis ojos comenzaron a humedecerse, parpadeé tanto como pude y le di la espalda. Tomaba una respiración tras otra, tratando de calmarme. —No llores, no lo hagas. — repetía para mis adentros. No quería recordar. Porque después de todo, si había terminado profundamente enamorada de él. Aunque yo juraba que el amor era una basura, que entre nosotros solo existía una gran y pura amistad, aunque lo negué… pasó. Y justo cuando acababa de descubrirlo, él se alejó. Como si hubiese sospechado que pasaría, y para no hacerme más daño, él se alejaría. Pero las cosas se complicaron, sufrí más aun cuando él pensaba que lo hacía con las mejores intenciones para mí.

Justo esa plática que habíamos tenido hace bastante tiempo atrás era algo que no había podido entender ni superar. Seguí sin entender por qué me pasaban estas cosas, y con mayor razón esta vez, él se había alejado y yo seguía completamente enamorada de él.

Y no era fácil, no fue fácil afrontarlo. Tenía que lidiar con su presencia todos los días, durante tres años y la cuenta seguía. Tenía que verlo a los ojos cuantas veces nuestras miradas se cruzaran. Esos ojos que una vez veía tan de cerca que era casi imposible, y que ahora los extrañaba más de lo que quisiera.

Y ya no podía ver tan cerca sus manos, tomando las mías cuando peleábamos por alguna cosa, esas manos que ahora ni siquiera recordaban mi tacto, pero que en cualquier lugar reconocería. Y había intentado resolverlo, tantas veces, pero en todas había respuestas negativas o, incluso, ni siquiera había una respuesta.

Me había rendido ya, pero eso no significaba que había dejado de quererlo. Lo hacía, cada día. Esperando, rogando, que el tomara una iniciativa, si es que me extrañaba, y me hablara. Un rayo de luz para que recuperáramos nuestra amistad que años atrás habíamos perdido.

Me seque las lágrimas que, sin darme cuenta ya habían caído hasta mis mejillas. Sonreí, una sonrisa falsa, no me gustaba llorar en la escuela. Era desagradable y todos siempre preguntaban por qué lo hacías sin siquiera preocuparles verdaderamente.

Aún teníamos unos cuantos minutos de entrar a clases, me quite los audífonos y los guarde junto con mi celular. Suspiré. Tras unos minutos, sentí la presencia de alguien detrás de mí pero no estaba de un muy buen humor como para tener una charla con alguien.

— ¿Podemos hablar?

Esa voz, no era una normal. Y una lágrima brotó al reconocer de quién provenía, y que, al fin, después de muchísimo tiempo, las palabras que salían de esa boca, de su boca, iban dirigidas hacia mi…

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    1. micaela 22/12/2014

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