Escritores Aficionados #237: Esperanza, de Ariadna Abigail Ioannu Dominguez

Título del escrito: Esperanza
Tipo de escrito: Relato
Nombre: Ariadna Abigail Ioannu Dominguez
Edad: 14 años
Nacionalidad: Argentina

Esperanza

 

ESPERANZA

 Podía sentir las lágrimas deslizarse por mis mejillas mientras contemplaba la escena que me atormentaba todas las noches. Debería estar acostumbrada a verle borracho, a verle en ese deplorable estado. Sabía lo que se avecinaba cuando vi caer la última botella de cerveza al suelo. No esperé a que pasara. Corrí, corrí tan rápido como me lo permitían mis pequeñas piernas. No quería ver como se acercaba tambaleándose, no quería ver como me buscaba únicamente para desahogarse pegándome hasta que yo me desmayaba.

Mis pies tropezaban por las escaleras y el frío se filtraba por mi fino camisón blanco. Me costaba respirar, los pulmones me ardían y mis músculos dolían. Sentía fríos los escalones de mármol mientras los bajaba descalza. Podía escuchar sus torpes pasos bajando las escaleras detrás de mí, mientras yo intentaba con todas mis fuerzas conseguir salir del edificio. Los vecinos de los pisos de al lado seguramente podían escuchar como el gritaba y como yo huía, pero se hacían los sordos, siempre se hacían los sordos. Nadie se daba cuenta de que una niña de ocho años no tiene porque soportar estos malos tratos, nadie debería, independientemente de su edad. El cansancio comienza a hacerme efecto y reduzco la velocidad. Cada vez lo siento más cerca. No puedo entender como ese hombre que se hace llamar “mi padre” pueda pegarme como lo hace. Desde que mi madre murió hace ya tres años, no hay nadie que pueda protegerme de la bestia con la que tengo que convivir por culpa de la estúpida ley. Los servicios sociales no pueden hacer nada. Aunque yo me queje y los llame casi todas las noches, ellos no encuentran evidencia alguna de lo que yo les digo. A los ojos de la gente mi padre es un santo que ha perdido a su esposa y debe criar a una niña solo.

Sigo bajando escaleras. El cartel que hay pegado a la pared  me indica que ya estoy en el noveno piso. Casi he conseguido llegar a mi libertad. Atrás puedo escuchar sus gritos pronunciando mi nombre. Sé que se encuentra cinco pisos por encima de mi cuando levanto la vista y veo como se inclina sobre una de las barandillas y me mira. Le devuelvo la mirada y se la sostengo durante unos segundos, después la aparto y comienzo a bajar escalones. Esta vez más lento, pues tengo que recobrar el aliento. Apenas he bajado unos cuantos escalones cuando una botella de cerveza se estrella contra el suelo que hay delante de mí. No me había dado cuenta de que llevaba una botella en la mano. Sé que su intención no era darme, si no cortarme el paso. Sabe que voy descalza y que no puedo caminar sobre cristales. Comienzo a sollozar y más lágrimas se deslizan por mis mejillas. Tengo dos opciones: la primera, dejar que me coja y me pegue hasta saciarse o, la segunda, correr sobre los cristales aunque me duela. La respuesta es obvia. Prefiero sufrir un poco durante un rato a sufrir el resto de mi vida los maltratos de esa bestia.

Corro y el dolor se hace presente. La sangre comienza a brotar y puedo ver y sentir los cristales atravesarme la piel. Sigo bajando las escaleras medio corriendo, medio cojeando. Detrás de mi dejo un rastro de sangre que brilla sobre el blanco mármol. Consigo llegar a la puerta principal y abrirla. Sigo corriendo hasta llegar a una cabina telefónica que hay en la esquina de la calle. Las calles están desiertas, como era de imaginar, siendo las tantas de la madrugada. Marco el número de los servicios sociales, el cual me sé de memoria, y espero a escuchar una voz al otro lado de la línea. Cuando voy a comenzar a hablar, mi pesadilla aparece, y el poco alivio que sentía se esfuma en una milésima de segundo. Me aparta del teléfono y me inmoviliza contra el cristal de la cabina, empujando su cuerpo contra el mio. Me tapa la boca con una mano y con la otra coge el auricular del teléfono y pide disculpas diciendo que se ha equivocado de número.

Me arrastra hacía el edificio y me obliga a subir las escaleras a rastras. No le importa que este herida.

No espera a llegar al piso. Comienza a pegarme en mitad de las escaleras. Mis sollozos aumentan con cada puñetazo que me da. Siento como me parte el labio y la sangre comienza a brotar dentro de mi boca. Cansado de los puñetazos me tira al suelo y comienza a darme patadas. No se si se me ha roto algún hueso, pero si se que me cuesta respirar después de recibir una patada en el estómago. Mi camisón, anteriormente blanco, esta totalmente cubierto de sangre y brilla. De repente ocurre. Estoy harta de llegar a este extremo. Comienzo a toser y la sangre brota de mi garganta. Lo que está pasando, no es sangre de un corte en mi boca, no, lo que está pasando es que estoy vomitando sangre.

La sonrisa que asoma en su rostro me dice que esto le complace, siempre lo hace. Su mayor entretenimiento es verme sufrir, verme vomitar sangre y que yo no pueda hacer nada contra el. Mi impotencia es su diversión y mi dolor es su felicidad. Psicópata, lo llamarían algunos si lo vieran en ese estado que solo yo y nuestros queridos vecinos conocen. Aunque, yo tengo que soportar sus golpes ellos solo escuchan mi dolor sin hacer nada. Yo, sin embargo, conozco la palabra que describe a la perfección al hombre que me está golpeando sin remordimiento alguno. Todos deberían llamarlo bestia sádica, porque eso es lo que es.

Abandono mis pensamientos al recibir otra patada que me impulsa con fuerza hacia atrás, golpeando mi cabeza contra uno de los escalones. La sangre brota del corte en mi frente y yo me siento aturdida mientra mi visión se tiñe de rojo.

El comienza a insultarme solo para humillarme aún más. Cada una de sus palabras perfora mi piel y se queda grabada en cada parte de mí ser. Estoy temblando. El miedo se ha apoderado de mí y mi cerebro no responde adecuadamente. Hago la única cosa que me parece lógica aunque sé que es inútil. Comienzo a gritar a pleno pulmón con el poco aire que doy tomado entre golpe y golpe. Mi voz resuena en cada una de las paredes de las escaleras que conectan los pisos. Pido ayuda, pero nadie me escucha. Y si lo hacen sé que están demasiado asustados de mi progenitor como para venir a salvarme.

Cierro los ojos. Prefiero no seguir contemplando ese rostro frío que me hace daño sin ninguna excusa. Mientras el me grita y me pega, sueño escuchar voces, que se acercan y lo apartan de mi, que me cubren con una manta mientras me susurran que todo va a estar bien. Sonrío ante tal ingenuidad. Es imposible que alguien venga a rescatarme. Con ese pensamiento mi visión se vuelve oscura y mi mente se esconde en algún lugar recóndito de mi memoria, donde alguna vez fui feliz, hace ya mucho tiempo.

Escucho voces que susurran a mí alrededor, una brillante luz blanca me despierta y trato de enfocar mi visión. No me encuentro en ningún lugar conocido para mí. Las paredes son blancas y por una ventana se filtra un rayo de sol que ilumina el ambiente. Estoy tumbada en una cama demasiado cómoda y limpia como para ser la mía y unos vendajes cubren mi cuerpo. Mi camisón ha desaparecido y ahora llevo una especie de camisón de color azul cielo. Me fijo más atentamente en la habitación y distingo a un grupo de cuatro personas vestidos con un mono verde, todos llevan una bata de color blanco. Mi corazón palpita al darme cuenta de que estoy en un hospital. Los médicos me miran y me dedican una sonrisa al notar que estoy despierta. No puedo controlar la ráfaga de preguntas que pasa por mi mente y las suelto todas de una vez. Uno de los médicos, un joven alto y pelirrojo, me cuenta que uno de los vecinos no pudo soportar quedarse quieto mientras escuchaba mis gritos y llantos y llamó a emergencias explicando la situación en la que yo me encontraba. Otro médico, esta vez una chica de cabellos rubios, me contó que la policía se había llevado a mi padre y que los servicios sociales habían contactado con una tía lejana mía que llegaría mañana.

Para mí, eso significaba que era libre, que nunca más tendría que ver a esa bestia después del juicio. Sentí un nuevo sentimiento emerger de las profundidades de mi corazón y supe, con total seguridad, que ese sentimiento se llamaba esperanza. Un sentimiento que siempre debió estar conmigo desde el día en que mi madre decidió llamarme así. Esperanza era y sería siempre mi nombre y mi más alegre sentimiento. Uno que me empujó a gritar por ayuda hasta que alguien respondió a mis súplicas.

  FIN

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