La Atlántida, de Pierre Benoit

La Atlántida“No vayas a tomarlo a mal. Fui a dar una vuelta, como de costumbre. Pero luego salió la luna, y entonces reconocí el paisaje. Por allí fue por donde, en noviembre próximo hará veintitrés años, se dirigió el coronel Flatters con rumbo a su destino, poseído de una voluptuosidad que la certidumbre del no retorno hacía más acre e inmensa”.

El éxito e interés que la narrativa de esta novela despertó en los lectores en la época que fue publicada (1919),  lo refleja el hecho de que sirviese como argumento para la realización de varias versiones cinematográficas. Así en (1921) la primera versión en cine mudo dirigida por Jacques Feydes. En (1932) dirigida por Georg Wilhelm Pabst.  En (1949) por  Gregg C, Tallas. Y en (1967) por Willian Wyler.

Sirva el párrafo extraído de  la misma, con el que inicio esta reseña -el cual  aparece en la novela y en la versión cinematográfica del año 1921, en distintos contextos- como muestra de la fatalidad y tragedia que se cierne sobre los protagonistas de la novela, desde el comienzo hasta el final de la misma.

Novela mediante la cual, el autor nos conduce por medio de dos oficiales franceses, el teniente De Saint-Avit y el capitán Morhange, a través de los ardientes parajes del Sahara Central. La misión de los oficiales es explorar y analizar la composición del terreno y la actitud de las tribus allí asentadas hacía el colonialismo que ellos representan, esto es así hasta que tropiezan con el enigmático Cegheir-ben-Cheij, que con el pretexto de guiarles hasta unas pinturas rupestres, les interna en una zona inaccesible llamada El Hogar, un macizo volcánico emplazado en el centro del Sahara, y en cuyo territorio inexplorado se supone se refugian los temidos  Tuareg. Pero el peligro no son precisamente los Tuareg, sino una misteriosa reina llamada Antinea, de la cual han de  considerarse los dos oficiales invitados forzosos; esta soberana tiene su reino en un oasis perdido y oculto entre intrincadas  y laberínticas montañas, reino que según explica Etienne Le Mesge, un erudito que también se halla allí retenido, es el vestigio de lo que un día  hace nueve mil años fue la mítica Atlántida, la cual no fue como cuenta la leyenda tragada por el Océano tras un cataclismo, sino que sufrió una emersión siendo reemplazado el mar por el desierto que ahora le rodea, y quedando aislada por las  murallas infranqueables de piedra que son las montañas.

Pero la revelación más impactante es el destino que la reina Antinea, descendiente de los reyes y dioses atlantes, tiene reservado a aquellos hombres que tienen la mala ventura de llegar hasta  aquel lugar.

En su cautiverio el teniente De Saint-Avit conoce muchos personajes e historias, pero la más emotiva de ellas es la de la esclava Tanit-Zerga, cuya ternura contrasta con la mezquindad egocéntrica de su dueña la reina Antinea; es mediante el relato de Tanit-Zerga que se nos muestra los encantos que puede ofrecer una naturaleza extrema como la del África Sahariana, al citar entre la flora y la fauna de la zona entre otros a los azufaifos o árbol del paraíso, o las rosadas flores del alcaparra.

Novela ésta, exótica y fascinante, cargada de misterio e hipnotismo, basada en el “Critios” de Platón, y que consigue arrastrar al lector hasta caer en un hechizo semejante al que sufren aquellos viajeros y exploradores que se pierden  en el perturbador magnetismo de  la reina Antinea, la descendiente de los atalantes y los faraones, cuyo morboso influjo les conduce  inevitablemente “con rumbo a un destino poseído por la voluptuosidad que la certidumbre del no retorno hace más acre e inmensa”

 Puntuación 5/5

Reseña escrita por: Fisquero
Edad: 64 años
Nacionalidad: Español

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    1. Andrea 15/04/2014

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