Escritores Aficionados # 129: Las Aventuras de Hugo, de Ignacio Amadeo

Título del escrito: Las Aventuras de Hugo
Tipo de escrito: Cuento
Género: Fantasía – Ciencia Ficción
Nombre: Ignacio Amadeo
Edad: 15 años
Nacionalidad: argentina

Había una vez, en las lejanas tierras de Mariscolandia, un pueblito escondido entre las montañas y desconocido para el resto de los mariscolandeses. En este pueblito vivía Hugo, un hombre vago que solía emborracharse en la taberna “El Gordo Rubí”, lugar frecuentado por gente de baja condición, y en donde solían armarse violentas peleas debido a los ánimos exaltados por el alcohol.

            Una mañana Hugo despertó en su casa (sin recordar cómo había llegado allí después de la noche transcurrida en “El Gordo Rubí”) luego de tener un sueño muy extraño. En él, estaba colgando boca abajo, atado a un palo clavado en el piso y en el medio de una ronda de gente que danzaba vestida con extravagancia. Hugo miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en un bosque, de hecho, se estaba celebrando un conocido pero censurado ritual en honor a Cernunnos, el dios con cuernos de ciervo. Quiso gritar desesperadamente, pues sabía que él era el sacrificio que iba a ser ofrecido a la deidad pagana, pero su voz fue ahogada por un pañuelo sucio que habían introducido en su garganta.  En ese momento, dos de las figuras danzantes se apartaron para dejar paso a un hombre bajito, gordo, y ataviado con un taparrabos y muchas plumas en la cabeza, con la cara pintada de negro: un cacique. El hombre avanzó hacia Hugo con una antorcha en cada mano y se detuvo a un paso de él.

El miedo atenazaba la garganta del mariscolandés, quien se revolvió con angustia, ocasionando una mueca de enfado en el rostro del cacique. Éste enarboló una antorcha, dispuesto a golpearlo, pero en ese momento todo se desvaneció y Hugo se incorporó de golpe en su cama. Al hacerlo, se golpeó la cabeza contra el techo y, aturdido, rodó hacia un costado y cayó los diez metros que lo separaban del suelo, ya que se hallaba en lo más alto de una estructura de diez camas donde dormían todos sus hermanos.

            Hugo se golpeó contra el piso y la madera se astilló bajo su peso, pero tenía la mente tan nublada por el alcohol que no sintió ningún dolor. Al resbalar de la cama había ocasionado que ésta se tambaleara, por lo cual, justo después de su caída, sus hermanos empezaron a caer sobre él, uno tras otro, y despertaron en medio de una maraña de cuerpos, brazos y piernas.

-Estoy re duro… no siento nada… -suspiró Hugo, mientras se arrastraba como podía y salía de abajo del montón de hermanos. Luego de esto se puso a mirar por la ventana a las muchachas que venían de la plaza.

            Los demás hermanos se habían separado, y, desparramados por el suelo, apuraban las botellas de licor que se habían traído de la taberna. Algunos murmuraban incoherencias y otros se golpeaban la cabeza repetidamente contra las paredes sin parar de reír. Hugo no les prestó atención y siguió observando a  las mujeres que caminaban por la calle y exhibían sus cuerpos esculturales. Una de ellas se aproximó hacia su ventana y le dirigió una sonrisa traviesa, entonces él rápidamente corrió el cristal y contorsionó su cuerpo hasta que logró pasar, impulsándose con las manos en el alféizar y cayendo del otro lado como un muñeco desmadejado.

            La mujer salió corriendo, y Hugo se levantó del suelo como pudo y empezó a perseguirla tambaleándose. Luego de doblar una esquina, la mujer de repente se transformó en una botella gigante de licor de mandarina, la cual, al alcanzarla, Hugo levantó en el aire y empezó a vaciar dando largos tragos. Al terminarla, la arrojó contra el suelo y la botella se fracturó en cientos de esquirlas de vidrio, las cuales se arremolinaron en el aire, se reagruparon y formaron un auto de carreras. Hugo trepó al coche y éste de inmediato arrancó a la velocidad de la luz, transformándose en un rayo de energía luminosa que impactó contra un muro y lo destruyó en mil pedazos, lanzando a Hugo por los aires con una fuerza tal que aterrizó en la Luna, dejando un nuevo cráter que se sumó a los ya existentes.

            El mariscolandés se incorporó en ese nuevo y extraño lugar y observó con curiosidad lo que lo rodeaba. De repente lo asaltó el hambre y rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar una bolsita con comida, dándose cuenta de que disponía de una buena cantidad de bizcochos llegados allí no sabía cómo. Los devoró enseguida, pero luego, como seguía con hambre, se arrojó al suelo y empezó a morder el suelo de la Luna, que estaba hecho de queso. Cuando por fin satisfizo su necesidad, estaba parado sobre un trocito de Luna, solitario en el medio del espacio. Hugo se lo comió también y quedó flotando a la deriva, dando tumbos como un barco en un mar picado, y chocando contra las rocas que daban vueltas por doquier. Ya no distinguía lo que era arriba ni abajo, pero de repente vio venir corriendo a un equipo de fútbol, uno de cuyos jugadores agarró al planeta Tierra y todos empezaron a hacerse pases entre ellos.

            Hugo vio una vara en el planeta Marte, entonces fue flotando hacia allí, la agarró y se puso a hacer salto con garrocha. De pronto, un señor que parecía ser  entrenador de salto y poseía unos cuernos formidables en la cabeza,  lo reprendió porque saltaba poco y lo ató a la garrocha boca abajo, clavándola en el suelo del planeta rojo.

            Hugo despertó de sus divagaciones sobre un pueblo imaginario llamado Mariscolandia, sus hermanos imaginarios, las mujeres que se transformaban, los planetas y la luna, y observó boca abajo, con impotencia y resignación, el bastón ardiente que se dirigía hacia su rostro.

Fin

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    1. Anag Robles Galvez 15/12/2013
    2. Carlos 14/12/2013
      • carlos 25/12/2013

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