Escritores Aficionados # 16: Los ojos de Lucía, de Mónica Álvarez

Titulo: Los ojos de Lucía
Tipo de escrito: Cuento
Autor: Mónica Álvarez
Edad: 45 años
Nacionalidad: argentina

ojosLucía tiene cinco años y ojos de perro triste. Sin embargo, cuando sonríe su boca le da un aire travieso. El flequillo largo le toca las pestañas y la ropa se le estira en la panza mostrando habitualmente un ombligo redondito y no siempre limpio.

Aprovechando que mamá está entrando el auto en el garaje, lleva el neceser con maquillajes al hueco bajo la escalera, su lugar preferido cuando quiere hacer travesuras, porque le permite ver sin ser vista.

Escucha pasos y espía entre los escalones pero para su sorpresa, mamá no está sola, un hombre con la cara semi-oculta la lleva tomada del brazo.

Lucía no sabe por qué, pero algún instinto la lleva a quedarse quieta y silenciosa, como cuando juega a las escondidas con su hermano. Hoy sí que le gustaría que Santi estuviera con ella, seguro que él sabría qué hacer, aunque no le deje tocar sus cosas o la pelee, él siempre sabe.

El hombre agarra a mamá por los pelos y le dice bien despacio, con una voz que da miedo: Dame la plata, hija de puta, o te quemo-

Mamá llora y dice que no tiene nada, que acaba de pagar el alquiler. El golpe le da de lleno en la cara y la tira al piso, al lado de Lola, la muñeca que le regalaron los Reyes. Los ojos de Lucía se llenan de lágrimas y le empieza a doler la panza. Tiene mucho miedo pero no sabe a quién llamar.

Mientras tanto, el hombre ata a mamá con su chalina a la silla y empieza a revisar la casa. Mamá disimuladamente observa la escalera, y esta vez no finge desconocer que Lucía está ahí, sino que por el contrario mira fijamente los ojos que se asoman entre dos escalones y sin emitir sonido forma con sus labios la palabra “Silencio”.

  Lucía entiende y se queda inmóvil. Con una mano se hace un rulo y con la otra se pone el pulgar en la boca, gesto que retomó desde que se fue papá aunque todos le dicen que ya no es un bebé para hacer eso. Tiene muchas ganas de hacer pis, pero sabe que tiene que aguantar. Para distraerse, canta en silencio “Susanita tiene un ratón”, pero esta vez no le sirve de mucho.

El hombre vuelve al living con la notebook, el celular y las joyas que mamá le prometió para cuando cumpla los 15 y se ponga un vestido de princesa.

De repente hace algo raro que asusta a Lucía más que los golpes, aunque no lo entienda del todo. El hombre empieza a tocar y a besar a su mamá como si la quisiera, pero ella sabe bien que no la quiere, ¡si ni siquiera la conoce.…!

Es entonces cuando mamá de repente lo muerde y empieza a gritar. El hombre se enoja y le pega tan fuerte que ella cae para atrás con silla y todo, quedándose muy quieta y en silencio. Ahora el asustado es él, tan asustado que se saca lo que le cubría la cara y queda frente a la escalera mirando fijamente al escondite de Lucía, mientras murmura –“La puta madre, ahora sí que se jodió todo, me voy a la mierda “- Rápidamente pone los objetos en la mochila y sale de la casa.

Lucía tiene ganas de llorar, pestañea fuerte y le sigue doliendo la panza. Quiere salir a despertar a mamá, pero no se anima. Así la encuentra el tío Luis cuando viene a traer a Santi.

Han pasado unos días y todo parece estar como antes. Mamá despierta a Lucía mientras comprueba que ha vuelto a mojar la cama.

-“No importa, chiquita “-le dice mientras la abraza, cuidando que el beso de la nena caiga en el cachete sano.

Le gustaría no tener que llevarla a la comisaría, pero tiene que hacer la denuncia y como Santiago está en la escuela, no hay con quién dejarla.

Al llegar a la seccional les piden que esperen a que el oficial las reciba.

-“Espere afuera, señora, que ya la atiende el comisario “-dice el agente que teclea con dos dedos en una vieja Olivetti.

Lucía y su mamá se sientan y para entretenerse, la nena dice:-Veo veo-

-¿Qué ves? -responde mamá resignada-. ¿Qué ves? —vuelve a preguntar cuando no obtiene respuesta.

La nena no contesta. Sus ojos miran fijamente al hombre que, al salir de la oficina, se despide afectuosamente del comisario con un: “Nos vemos, viejo”. Lo mira igual que cuando lo veía a través de los escalones. No dice nada. Tiene miedo de que, si habla, la pesadilla haya sido realidad.

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