Escritores Aficionados # 109: Los reyes que no sabían que eran magos, de Fisquero

Título: Los reyes que no sabían que eran magos
Tema: Cuento navideño
Pseudónimo: Fisquero
Edad: 63 años
Nacionalidad: española

Nunca subestimes los dones que el cielo tenga a bien concederte
Fisquero

En un lejano lugar en el cual todavía permanecen  la esperanza y la ilusión,  que un día habitaban en el corazón de los hombres, tres Reyes se hallan inmersos en la difícil y ardua tarea  de mantener vivos y palpitantes sentimientos tan positivos y necesarios. Misión   que desde  hace dos mil años les fue encomendada, y que aún hoy día, se esfuerzan,  por seguir realizando.

-¡Todos los años lo mismo!  ¡Prisas, prisas y más prisas!  ¡Con ésta ya llevo leídas hoy novecientas cartas!

El que  al borde de un ataque de ansiedad, así habla y se lamenta es el Rey Melchor, que con las mangas de la túnica remangadas hasta los codos, se  derrumba sobre la  mesa  de despacho donde se amontan miles de cartas por leer. Un paje secretario  al que también le sobrepasa la situación, le mira impotente.

El Rey Gaspar desde la mesa de enfrente igualmente rebosante de cartas, intenta animarle.

-No te quejes, pues aunque no lo parezca, las estadísticas afirman que la natalidad ha descendido en los últimos años  en más de un cinco por cien, imagina como estaríamos de no haber sido así.

-Yo no voy a negar lo que dicen las estadísticas. Como tampoco puedo evitar el hecho de que somos  demasiado mayores  para adaptarnos a todas esas nuevas tecnologías del correo electrónico  e Internet que podrían ayudarnos   -Continúa refunfuñando el Rey Melchor-.  Pero lo que no puede ser es que en unos pocos días tengamos que realizar todo el trabajo de un año, y ahora nos faltaba esta dichosa crisis que nos ha dejado  con menos de la mitad de la plantilla  -Y mirando al paje secretario, añade en tono despectivo-. ¡Pero si tan sólo me ha quedado éste para ayudarme! ¡Dichosa crisis!

– Que razón  tienes  -Interviene débilmente  el Rey Baltasar-. Además los niños de antes eran menos complicados…

-¡En eso estamos todos  de acuerdo!  -Le interrumpen Melchor y Gaspar al unísono.

-Tiempo atrás, los niños esperaban nuestra visita con expectación y alegría, e incluso nos dejaban algunas viandas para que  repusiésemos fuerzas en nuestro largo camino     -El que así habla rememorando tiempos mejores,  es de nuevo el Rey  Gaspar-.  Los niños de antes pedían balones de fútbol, patinetes  o Juegos reunidos, y las niñas eran felices si les dejábamos una muñeca  Cuando algún niño pedía algo fuera de lo corriente, se le decía que aquello ya lo había recibido otro niño y que no quedaban más. Si se ponía pesado e insistía  le dejábamos carbón, y asunto resuelto.

Las palabras de su compañero han despertado la nostalgia del  Rey Melchor,  que insiste  en sus quejas.

-Ahora los niños piden  regalos de lo más extraño, y cuyos nombres son de lo más rebuscado, que si la Playestacion Nuuew, que si  Wazira el último modelo de teléfono móvil con “genio” en su  interior;  que si Blackberry,  que si Blu Ray,  que si ¡Phonte tú +GB…  Esos juguetitos tienen unos precios desorbitados que no están al alcance de todos, y mucho menos de nuestra institución en crisis. ¡Ah! ¡Pero eso sí, mucho cuidadito con  decir que no  los tenemos, y mucho menos amenazar con el carbón!

-Queridos compañeros  que verdad es que los tiempos han cambiado para peor  -El bueno del  Rey Baltasar, intenta de nuevo tímidamente  y con voz lacónica,  hacer su aportación  a la conversación -.  El año anterior fueron tantas las llamadas que recibimos con  reclamaciones en atención al consumidor, que hubimos de descolgar el teléfono; incluso un tal defensor del menor nos demandó, alegando que los niños se habían sentidos maltratados y frustrados al no coincidir los regalos  que habían recibido, con aquellos que habían pedido…

-¡Yo se muy bien quien es el culpable de todos  estos cambios que nos traen de cabeza!  -Le interrumpe de nuevo  el Rey Gaspar,  poniendo gran énfasis en sus palabras-. ¡La culpa de todo la tiene San Nicolás, ese ordinario arribista, al servicio de algunas marcas comerciales,  y que ahora se hace llamar pomposamente  Papá Noel!  ¡Él ha sido el que ha  trastocado todas las tradiciones y nos ha hecho perder credibilidad, gracias a  su socarrona amabilidad y su estrafalaria  modernidad; por no hablar  de  su falsa y ostentosa sencillez! -El Rey Gaspar evidentemente indignado e irritado va elevando el tono de su voz, que adquiere un sonido aflautado-.   ¡Si  hasta se permite el lujo de repartir los regalos utilizando un medio de transporte aéreo!  ¡Ya quisiera yo  ver como se las apañaba desplazándose con toda la mercancía en jamelgos, o en dromedarios,  o mejor aún a lomos de un paquidermo!  ¡Además utiliza la nigromancia para hacer el reparto con más facilidad, e incluso dispone de una legión de duendecillos –mal pagados y sin derechos- que le ayudan durante  todo el año preparando los pedidos!

Llegado a este punto, la  fogosidad con la que el   Rey Gaspar se ha expresado le  obliga a hacer  una pausa que le permita recobrar el aliento, para poder finalmente  concluir con voz agónica -. ¡Pero hombre!  ¡Así cualquiera puede!

Contagiado y estimulado por la indignación de su  colega, el Rey Melchor tercia de nuevo, en esta ocasión visiblemente abatido

-Y mientras tanto aquí hemos de continuar nosotros soportando  esta crisis, causada por  aquellos que la han provocado con su competencia desleal, y que nos obliga a prescindir  de los  pajes con más experiencia, sin subvenciones, con transporte desfasado y regalos anticuados.  Y todo ello con el esfuerzo añadido, pero al mismo tiempo gozoso, de tener que recorrer el desierto bajo las estrellas,  cabalgando  a lomos de un caballo, un dromedario o  un elefante,  para cumplir el  hermoso ritual de ofrecer oro, incienso y mirra  al niño Dios, nacido en un humilde pesebre de Belén  -Melchor eleva su ojos al cielo demandando una señal-.  En Él, y en su eterna promesa de amor y esperanza, habremos de confiar, para  que ante nuestra carencia de medios materiales, consigamos  seguir  custodiando  la tradición y la ilusión que durante tantos siglos  se nos ha concedido el  poder   trasmitir  y mantener  tales sentimientos humanos. Y  a fin de  que  los niños y sus padres no acaben por ignorarnos y olvidarnos.  ¡Aunque no sé yo cuánto tiempo más  podremos resistir esta situación!

Los  tres Reyes, Melchor, Gaspar y Baltasar,  tras este breve descanso que han aprovechado para hacer su peculiar terapia de grupo, reanudan su ardua y valiosa labor, al tiempo que suspiran recordando tiempos mejores, coincidiendo  en compadecer y a la vez envidiar la suerte de Santa Claus.  Y es Melchor, el que  se mece con desesperación sus blancas y largas barbas, al observar que la montaña de cartas sobre su mesa ha ido aumentando hasta no permitirle ver a sus compañeros, cuyas mesas en torno a él  se hallan igualmente desbordadas; no pudiendo evitar ante tanta demanda, clamar al cielo:

-“¡¡Pero es que acaso estos niños y sus padres se habrán creído que somos Magos!!”

FIN

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    1. Margarita 10/12/2013
      • Estefanía Guevara Leal 10/12/2013

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