Memorias de una Geisha, de Arthur Golden

memorias de una geisha

Chiyo-san es nadie en el mundo. Es igual a cualquier niña pobre que deambula por cualquier mugrienta calle de cualquier maloliente puerto del Japón.

Entonces le sucede una “nimiedad con consecuencias gigantescas”, es decir, tropieza y cae sobre el barro en un día de lluvia, aturdida. Nada muy particular, pero esta nimiedad se convierte en algo serio cuando acude a socorrerla el señor Tanaka, pues aquél se transforma en el “peor y el mejor día de su vida”, el día en que habla al respetuoso Japonés sobre la vida en su “casita piripi” y de la inminente muerte de su madre. El día en que Tanaka repara en el “agua” en los ojos y en la personalidad de la chica.

Poco después, el señor Tanaka visita su mísera choza y se lleva a Chiyo y a su hermana “a pasear” suponiendo que los paseos duren toda una vida.

Una vez en su lugar de destino, separan a las hermanas, y conducen a Chiyo a una vida de penurias y lujos, de desalientos y triunfos. El cambio de vida es completo, desde la pérdida de su usual aroma corporal a pescado a un nuevo nombre artístico de geisha.

Respecto del actor puedo decir que debido a su realismo, pareciera que para realizar este libro Arthur Golden hubiese tenido que transformarse en una geisha autobiográfica.  Pero esto no fue necesario, dado que contó con la ayuda de su amiga ex geisha Mineko Iwasaki, con la que se vio implicado en una dura polémica. Sucedió que Arthur publicó en los agradecimientos del libro el nombre de su amiga, cosa que ella había rogado que no hiciera. La razón de tan encarecido ruego no era falsa molestia, sino algo mucho más chungo: Mineko sería repudiada por sus compañeras por revelar “secretos de geishas”. El altercado fue a parar a la corte, y todo terminó con una jugosa cifra de dinero en las arcas de la geisha, proveniente del bolsillo de su “amigo”.

Lo primero que se me vino a la mente cuando me topé con su portada en la página fue: ¡vaya, otro libro erótico y vulgar!

Y pasé al siguiente libro.

¿No es una ironía que ahora me encuentre abogando a su favor?

A decir verdad, suponer que es una ironía sería valorar pésimamente la obra del señor Golden. Son, en realidad, sus propios méritos los que hacen de esta historia un delicioso arte oriental urdido con la más excitante sutileza japonesa.

Lo mejor que se puede hacer al leer un libro es aborrecer los prejuicios. Lamentablemente, es mi penosa obligación reconocer que frente al tema de las geishas abunda este germen de las  “ideas preconcebidas”, sobre todo en la parte occidental del mundo.

Todos los que buscan un interés morboso en esta obra de arte ya pueden ir abandonando sus páginas: una geisha no es una prostituta. Una geisha es una show woman; completa artista poseedora de acabados conocimientos y prácticas en danza, teatro, canto, manejo de complicados instrumentos como el shamisen, y una pericia consumada en la ceremonia de beber el té, al parecer de suma importancia para nuestros amigos japoneses.

Existe cierta seguridad de que varios lectores, al cerrar Memorias de una geisha, se preguntarán sorprendidos cómo las percepciones de un escritor lograron crear los suaves trazos de este volumen, que dan al lector la sensación de hallarse frente al alma traviesa de una dulce niña, de una graciosa muchacha y posteriormente de una chispeante mujer.

Calificación 5/5

Reseña escrita por: Rosalía Hidalgo
Edad: 18 años
Nacionalidad: chilena

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