Escritores aficionados #257: Perdida Entre las Líneas, de Juan D. Ardila

Título del escrito: Perdida Entre las Líneas
Tipo de escrito: Cuento
Género: Misterio/fantasía
Nombre: Juan D. Ardila
Edad: 16 años
Nacionalidad: Colombiano

cuento

 

Muy poco recuerdo sobre ella, cuando desapareció yo apenas contaba con 6 años, y la historia que relataré es fruto de las noches de intranquilidad de mi madre, cuando despertaba gritando su nombre y, al yo ir a acudirla, me contaba siempre esta historia, como queriendo a través de ella inmortalizar en mí su memoria:
Vivíamos en una casa cerca de la salida del pueblo, nuestra situación socioeconómica era estable y nunca nos privamos de las necesidades primordiales, ni las necesarias. Mi familia la conformaba mi padre, mi madre, mi hermana Sofía, mi hermana Clara, y yo, Simón, el menor de los hijos. Mi padre era médico, un hombre alto y derecho al que los años no le surtían efecto, ni los años ni los daños. Mi madre lo conoció cuando iba a dar a luz a Sofía, hace 26 años, en una sala de hospital oscura y maloliente, donde solo se respiraba muerte; él, según nos contó, sintió una consideración mezclada con un inexplicable afecto al ver a mi madre en aquel estado; él se ocupó de ella en tan deplorable estado, prodigándole todas las atenciones de las cuales los otros internos se quejaban, y en cuánto mi madre salió, sus visitas a ver el estado de la recién nacida se hicieron más frecuentes.
Sofía disfrutó de la atención de ambos durante 4 años, cuando nació Clara, la hija que ambos esperaron durante tanto tiempo, ayudó a reforzar la unión entre mis padres y alejó totalmente la atención que se enfocaba hasta entonces en Sofía, que desde entonces sintió surgir en ella un incontrolable rencor hacía su hermana. Yo, por el contrario, nací cuando la llegada de un hijo no despertaba la misma emoción, pero no por ello me vi privado de su tan intenso afecto.
La historia se centra en un día frío de enero, hace 6 años, recién nacía el año 2003, y en mi casa se vivía la misma rutina, nada extraño sucedió que augurara tan fatal desenlace. Mis padres estaban acostados en su cuarto oyendo en la radio una canción, que no se entendía por la interferencia en tan viejo aparato, pero aun así, parecían disfrutarla. Sofía estaba en su cuarto, creo que durmiendo, aunque no podría decirlo con exactitud, nadie sabría decir que estaba haciendo, y quizá por eso fue sobre quien cayeron todas las sospechas. Clara estaba en su habitación, encerrada con llave, como solía hacerlo cuando quería separarse del mundo, para sumergirse en el propio, un mundo que ella me describía cuando estábamos solos, solía hablarme de fantasmas, de duendes, de hadas, de brujas, de caballeros, de magia y de sueños, solía contarme todo eso, y al hacerlo, notaba como su voz cambiaba, se tornaba enérgica y vívida, sus ojos azules brillaban y centelleaban de excitación, dejando que sus palabras fluyeran con tal elocuencia, que, aunque yo no conocía nada, lo comprendía todo, en varias ocasiones me dijo que me llevaría a ese lugar, que muy pronto iría y que iríamos juntos”, hasta hoy pude comprender el significado de esas palabras; hacía expresivos ademanes con sus brazos, dejaba que su cuerpo expresara la historia y entraba en una especie de trance, del que era difícil hacer que saliera; posiblemente en ese momento experimentaba aquel trance, y quizá por eso no oía el golpeteo en la puerta provocado por mi madre avisándole que la cena estaba lista, o eso creía yo. Todos nos sentamos a cenar, menos Clara, y esto provocó al instante el inicio de los comentarios de mis padres:

La niña está loca – decía mi padre.
-Eso nos ganamos por permitirle que se sumergiera en esos libros día y noche, esa literatura basura la enloqueció.

La cena transcurrió sin más palabras, solo se oía el tenedear y el zumbido de las moscas alrededor de la lámpara que provocaba una luz ambarina, mortecina y lúgubre.
Mi padre se levantó de la mesa sin terminar y sin vacilaciones se dirigió al cuarto de Clara y golpeo fuerte e insistentemente la puerta varias veces, y, al no recibir respuesta, vi en su rostro como se dibujaba la ira, pero también el miedo. Dio dos pasos hacia atrás y arremetió contra la puerta que no cedió, lo intento de nuevo y esta vez la puerta cayó dando un golpe sordo contra el suelo de madera, entró al cuarto medio aturdido por causa de las arremetidas, lo vi salir del cuarto a los segundos y dijo a mi madre, sin siquiera mirarla:

-Llévate a los niños y llama al doctor Garzón.

Recuerdo a mi madre halándonos torpemente por las calles del pueblo en dirección a casa de mi abuela, donde pasé la noche.
Según me contó mi madre, Clara fue hallada en su cama, a simple vista se podría decir que dormía, si no fuera por su extremada palidez. En su rostro su dibujaba una sonrisa. El doctor Garzón nunca pudo dar con la causa de la muerte, no se veían signos de violencia, y la autopsia no reveló ni intoxicación ni envenenamiento, nada.
Al día siguiente sentí en casa de la abuela que tocaban la puerta, me alegré al pensar que era mi madre, pero vi como en la casa entraban dos policías que pasaron a mi lado sin mirarme, y tras una indicación de mi abuela, entraron al cuarto donde estaba Sofía, y cerraron la puerta, estuvieron ahí alrededor de una hora, donde no alcancé a oír nada a pesar de colocar mi oreja contra la puerta, solo, de vez en cuando, se oía un grito de Sofía o un insulto de un oficial, vi a mi abuela arrodillada en la cocina con un crucifijo entre las manos rezando desesperadamente. Los policías salieron con la misma actitud con la que llegaron, se fueron sin dirigir palabra dejando la puerta abierta. Quería ver a Sofía, entender que le pasaba, pero no me atrevía, y, cuando por fin me decidí a ir al cuarto donde estaba, vi como ella salía corriendo, entre sollozos, cruzó la casa, salió a la calle, y jamás la volví a ver. Mis padres la buscaron, dos años pasaron hasta poder encontrar su cuerpo a 1200 km de nuestra casa, en una playa donde había sido arrastrada por las olas, bajo el manto protector de la noche. Se había suicidado. Mis padres dijeron que se suicidó por culpa; yo no creo eso, estoy convencido de su inocencia.
Tras dos semanas, pude vencer mi nostalgia y mi miedo y entré en el cuarto de Clara, era el primero que lo hacía desde su muerte. Su cuarto tal y como fue hallado estaba repleto de libros en el suelo, en la cama y debajo de ella, en la cornisa de la ventana, en su ropa; los mismos libros que están ahora en mi biblioteca, y que leo insistentemente en busca de mi hermana.

 

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    1. maria fernanda 27/08/2015
    2. Araceli 27/09/2014
    3. sandy 12/07/2014
      • Juan D. Ardila 12/07/2014

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