Escritores Aficionados # 166: Timba de Buenos Aires, de Pablo Olivera

Título: Timba de Buenos Aires
Tipo de escrito: Cuento corto
Género: fantástico
Autor: Pablo Olivera
Edad: 29 años
Nacionalidad: argentina

Nota del autor: El cuento es de mi autoría y para disfrutarlo es necesario un conocimiento básico de lunfardo porteño.

El niño que bajó del barco en el último cuarto del siglo diecinueve se llamaba Anselmo; su apellido, Tolari, se remonta a las Sierras Calabresas. El trabajo de su padre en los astilleros de La Boca le facilitaría una infancia de asombros y fértil imaginación en un conventillo de la calle Pinzón. Sus hermanos menores serían argentinos y, con el tiempo, él mismo no se sentiría ya italiano, a pesar de los sueños de su madre por retornar alguna vez a la lejana Calabria.
El hombre fue conocido como el Piantao Tolari, y se paseaba ahora entre las mesas de un club clandestino del barrio de Palermo, decidiendo en qué mesa tomaría asiento. Estaba tan seguro como le era posible de que aquella noche ganaría una fortuna con el poker: su apodo respondía a una meticulosa dedicación, encontrarle la posta a los naipes, dar con la jugada segura, apostarlo todo en el momento y lugar precisos. Para ello había pasado largos encierros en una pensión de la calle Olavarría estudiando matemáticas y estadística, calculando probabilidades. No depositó, precavido como era, todas sus expectativas en la ciencia: reforzó su quimera con talismanes, apeló a diversos dioses y santos, se aficionó a la astrología y a otras artes adivinatorias. Llegó a venderle, una navidad, el alma al diablo siguiendo las instrucciones de un gitano que conoció en el hipódromo. Durante años evitó el trece y los gatos negros; buscó a sus amantes únicamente en turbias milongas apuntando a las más manyadas, propensas a la traición –así lo creía él-, apelando a esa regla de tres indirecta del afortunado en el juego, desafortunado en el amor; rompió amistades, más o menos importantes, apenas las sospechó de yetas; como hábito impuesto caminó sin dejar de observar el suelo, no fuera cosa de pisar una nueva combinación de baldosas con el pie izquierdo; no se despegaba de su pata de conejo y a su estatuilla de San Pancracio no le faltó nunca peregil, azúcar ni canela.
Se libró de todo prejuicio y dedicó su vida entera a cualquier cosa que le prometiera una jugada segura, fueran métodos científicos, religiosos o esotéricos.
Una serie de cálculos, presentimientos y adivinaciones lo indujeron a estar esa noche, con la mejor pilcha que encontró, en los suburbios del barrio de Palermo, paseándose entre parroquianos ludópatas, prostitutas, humo de tabaco negro y aromas de moscato y café expreso. Recordó con nostalgia lo que marcó simbólicamente como el inicio de su aventura, las palabras de su compañero de celda la noche que cayó preso por levantar quiniela:
— La quinela y los llobacas son pa` los giles, la posta está en los naipes. Decime vo`, ¿acaso viste a los gringos ricos despilfarrando la guita en la lotería o las peleas de gallos? No, pibe. Los gringos abacanados juegan a los naipes.
Se sentó, sereno. Apostó, seguro y decidido.
Se jugó una muy considerable fortuna y al cabo de dos horas había desvalijado a cinco jugadores. La mesa se fue renovando y después despoblando, y sólo un jugador se atrevió a desafiarlo, quizás el único de aquel antro que poseía el dinero suficiente para hacerle frente. Era un porteño que parlaba en francés, engominado y elegante, delicado y fanfarrón.
Pasada apenas la medianoche, el Piantao Anselmo, seguro de que ganaría una fortuna con los naipes después de años de intensa dedicación, no previó entre sus vastos estudios una simple posibilidad: que le hicieran trampa.
El cuchillo de un tal Mariano Loguapo lo pasó para el otro lado a la salida de una milonga de la ribera de La Boca. Más valía morir por una mina que ajusticiado por los compadritos del prestamista.

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